Mourinho necesita enemigos, se desenvuelve con una pasmosa naturalidad en el terreno de la confrontación. Perdió en España sus primeras batallas frente al enemigo exterior (el Barcelona de Guardiola), pero derrotó al interior (Valdano) y amplió sus poderes ante un Florentino Pérez definitivamente entregado a la causa. No admite el técnico portugués la discrepancia; en el Madrid tiene el poder para gobernar con mano de hierro un vestuario que, por lo visto, ya no acepta de forma unánime los autoritarios métodos de un jefe que ni perdona ni olvida.
Presume de sus excelentes relaciones con los jugadores a los que ha dirigido. Una imagen cuidadosamente condimentada con una emotiva fotografía con Materazzi o con una explosión de amistad eterna de jugadores como Essien, Pepe o Terry, casi siempre la vertiente más racial del fútbol. Ni siquiera ganar la Liga mejorando los récords de puntos y goles ha calmado el ego de un técnico que tradujo el triunfo en clave personal: el único entrenador que podía presumir de haber conquistado la competición en Portugal, Inglaterra, Italia y España.
Valdano, Guardiola, Preciado, la UEFA, los árbitros, Casillas, Pedro León, Tito Vilanova, Sergio Ramos, Ozil... La nómina de incendios desde su llegada al fútbol español es tan abundante para, cuando menos, sospechar que disfruta en el papel de pirómano o para que asuma los motivos por los que no se siente bien tratado en un fútbol que cosecha triunfos sin su presencia.