En septiembre de 1992, el Breogán se trasladó al Pazo Universitario. Los celestes estrenaron la instalación de las orillas del Miño con la disputa de un cuadrangular contra Real Madrid, Maccabi y León (los campeones fueron estos últimos). Se abría una nueva etapa para el club, que abandonaba las tardes de gloria del Pabellón Municipal. Pero el camino hacia la construcción del nuevo recinto tuvo sus curvas.
La ACB incrementó a finales de los ochenta las exigencias sobre el aforo mínimo de los pabellones de la Liga. Se elevó a 5.000, por lo que el Breogán inició la cuenta atrás en el Pabellón Municipal.
Una de las sorpresas que llegó a darse en su momento fue que en la sede de la ACB se recibían noticias de que se estaba construyendo un nuevo recinto en O Ceao. Pero no era cierto.
Entonces, llegó el momento de reaccionar. Se produjo una reunión con Cacharro Pardo, entonces presidente de la Diputación, que en un primer momento se mostró reticente a colaborar en la construcción de un nuevo pabellón.
Juan Fernández, entonces presidente del Oar y conselleiro de Industria, intermedió para que el club celeste no se quedase sin la necesaria instalación. En una cena celebrada en la ciudad de la muralla, se acordó que la Xunta liberaría a la provincia de Lugo del gasto en un plan de electrificación para que, a cambio, se llevase a cabo la construcción del Pazo Universitario.
Ramón Estévez, entonces presidente del Breogán, se convirtió en actor clave en el proceso. Y Cacharro, después de cambiar de opinión, se puso en contacto con Manuel Fraga, entonces presidente de la Xunta, para solicitar la construcción de un pabellón en Lugo, para que la provincia no quedase discriminada en relación con otras.
Eduardo Lamas, secretario general de Deporte, asumió entonces el encargo y la Xunta corrió con los gastos de la instalación deportiva. Y la Diputación se convirtió en una de las grandes beneficiadas del proceso, ya que consiguió el montante para el plan de electrificación de la provincia y no realizó gastos para la construcción del Pazo.
También el equipamiento de la instalación la pagó la Xunta, a excepción de las canastas, compradas por el Breogán.
Y la Diputación se quedó como explotadora y usufructuaria del Pazo.