En fútbol, los ascensos se ganan imponiendo firme y prolongada regularidad que hace a un equipo superior a sus rivales. No por un resultado favorable y sorprendente, que está siempre al alcance de cualquier equipo. Será la regularidad quien nos diga al final si un equipo cumple con lo que le pide una afición que sufre y celebra sus éxitos. En este párrafo tenemos al Deportivo, equipo que nos preocupa desde que jugaba sus partidos en el ya desaparecido campo de Riazor. En aquellos tiempos no sabíamos valorar la regularidad, cualidad que debe estar presente en los que tratan de proclamarse campeones, como le sucede actualmente al conjunto coruñés que, dicho sea con toda claridad, no tiene un futuro fácil, ni en los campos ni en los despachos.
Tampoco entraré en despacho alguno, porque solo intentarlo sería un ingenuidad. En los tiempos actuales, mezclar el fútbol con las leyes, distanciados cada vez más por mucho que alardeen los gobernantes de recortar las distancias, es imposible, según vienen demostrando de manera sorprendente quienes nos gobiernan.
Así pues, mejor quedarse en el rectángulo futbolístico resaltando la profunda preocupación que se palpa en el ambiente coruñés al comprobar que el Deportivo cumplió frente al Girona (0-0) su cuarto partido consecutivo sin ganar. Verdad es que sigue líder, pero cierto también que sin mostrar la regularidad obligada en los buenos equipos. Y la conocida dureza de la Liga irá a más en febrero y marzo, que están por llegar. En su momento dijimos que solo con los empates, no bastarían para ascender. Si el equipo no mejora su regularidad, tampoco.