En un partido áspero, los rojiblancos resolvieron a golpe de empuje y sacrificio
01 may 2014 . Actualizado a las 15:43 h.Simeone y Mourinho se reparten halagos cada vez que uno habla del otro. Semeja que los dos entienden el fútbol de la misma manera. Buscan elaborar un triunfo a base de minimizar los riesgos en defensa y esperar el error del contrario en una zona decisiva. Quizás la diferencia entre uno y otro radica en el precio de las plantillas que manejan. Pero bajo el paraguas de esa filosofía, solo cabe un partido: tosco, áspero, sin espacios que aprovechar y resuelto con sacrificio. Y ahí, el Atlético, ya nadie lo duda, es el rey. Porque la elástica de los rojiblancos destilan el sudor de los campeones.
Adrián
Velocidad para atemorizar
La primera opción del entrenador del Atlético de Madrid fue esperar a que el Chelsea llevase la iniciativa. A fin de cuentas, disputaba el choque como local. Con ese planteamiento, Adrián parecía el hombre adecuado para ayudar a Diego Costa a montar los contragolpes. El asturiano es veloz y tiene un uno contra uno difícil de contrarrestar. Sin embargo, Mourinho, al menos en el primer tiempo, no le concedió el privilegio de quedarse con el balón. El Chelsea vivía feliz volando en un tablero de ajedrez sin apenas movimientos.
Entonces llegó el gol de Torres y, cuando peor pintaban las cosas para los rojiblancos, a Adrián le surgió la oportunidad de reivindicarse, de darle la razón al técnico que confió en él cuando parecía olvidado. A partir de ahí, el Atlético se convirtió en un huracán.
Portería
Courtois vale una final
Probablemente sea una de las ocasiones en que mayor diferencia de capacidades entre dos porteros se haya visto durante una semifinal de la Champions. A buen seguro que Mourinho se revolvió en el banquillo en cada deslumbrante intervención de Courtois -propiedad del Chelsea y cedido al Atlético- y sus entrañas crujieron todavía más cuando comprobó que al sustituto de Cech, Schwarzer, le faltaba el cuajo suficiente como para atajar el más simple de los disparos rivales. Sus guantes eran de plastilina y así se lo transmitió a su defensa que en cuanto lo sintió, empezó a desmoronarse.
Intensidad
Sin relajación ni en el añadido
Está en el ADN de este nuevo Atlético. Es lo que le ha permitido mirarle a la cara a los trasatlánticos europeos y hacerles frente sin complejos. La intensidad que Simeone le ha lacrado a este equipo en la camiseta es digna de elogio. No deja de empujar ni en el tiempo añadido. Sofoca cualquier incendio a golpe de sacrificio. La misma fórmula que le sirvió para rearmarse tras el zarpazo del Niño, del delantero insignia de su cantera, del que no quiso celebrar el tanto. Apretó hasta que la retaguardia de los londinenses se derrumbó.
Afición
Un apoyo incansable
Parte del exuberante éxito de que el club del Manzanares haya accedido a su segunda final de Champions reside en el aliento de su afición. Inagotable en la adversidad y desbordante cuando el marcador corre a su favor. Jamás resulta indiferente para sus jugadores. En Londres no fue una excepción. Ánimo para levantarse y ánimo para rematar la gesta, para bajar la persiana y empezar a festejar que el presupuesto más humilde de estas semifinales reservaba su billete para Lisboa y también tenía derecho a soñar.
Sin agresividad
Un choque de guante blanco
Fuerte, aguerrido, rugoso. Nada que no se previese dentro del guion de un encuentro donde el músculo debía mandar sobre el talento. Pero, por la trascendencia del enfrentamiento y lo eléctrico de los dos banquillos, se podría presumir que el choque derivase en episodios agresivos. Los precedentes en el bando de Mourinho eran claros. Durante su etapa en el Real Madrid, el portugués había transformado cada clásico en una batalla campal. Afortunadamente el partido nada tuvo que ver. Cada lance fue de guante blanco.