La versatilidad del canario y su excelente campaña lo perfilan como indispensable para Del Bosque
13 jun 2014 . Actualizado a las 20:06 h.Al concluir el Mundial de Sudáfrica, Vicente del Bosque dedicó una mención especial para David Silva (Arguineguín, 1986). «Ha hecho un esfuerzo especial y siento de verdad que no haya podido disfrutar de más minutos», señaló el seleccionador, pendiente de ofrecer una gota de aliento a un futbolista en el que ya entonces intuía una talla descomunal, pero al que todavía le faltaba la consistencia que otorga la madurez. Aquel discurso desde el banquillo no atemperó el malestar que el canario había acumulado durante el torneo en el que España por fin tocó el cielo. Allí se convirtió en el único señalado tras el tropezón ante Suiza, donde había comenzado de titular y luego su papel quedó relegado a relevo de Pedro durante la semifinal ante Alemania.
Este sentimiento de aparecer como el único damnificado del traspié inicial, de que Del Bosque había perdido la confianza que Luis Aragonés le había dado en el pasado, se enraizó en las entrañas de Silva hasta que un día se desparramó en una rueda de prensa. «Siento que muchas veces he jugado a alto nivel y no me ha valido para ser titular. Me siento un afortunado por estar ahí, por formar parte de este grupo extraordinario que anda escribiendo páginas históricas en nuestro fútbol y más que escribirá. Pero el míster no cuenta conmigo, eso también lo siento», espetó el talentoso zurdo, quien agregó: «Pienso que no depende de mi rendimiento jugar más o menos, ser titular. En Sudáfrica fui la única víctima de la derrota ante Suiza y todo ha continuado más o menos igual».
Quedaba menos de un año para la Eurocopa, donde la selección se enfrentaba al sobresaliente desafió de defender título y el resquemor de Silva se prendió como una mecha. Dio la vuelta al mundo y, como no podría ser de otra manera, alcanzó a Del Bosque. El técnico salmantino, con la mano izquierda que le caracteriza, recogió el guante del habilidoso centrocampista y lo transformó con delicadeza en una invitación a la libertad de expresión. «Es una opinión y además la ha expresado con mucho respeto. No tengo problema con este tipo de cuestiones».
En aquel momento, Del Bosque probablemente ya sabía que Silva formaría parte esencial de la selección que machacaría a Italia en la final por el trono continental. Mientras el jugador se desahogaba, el seleccionador dibujaba su espacio en el once titular. El tiempo pondría a Silva donde su calidad realmente merecía.
Su torneo en Ucrania fue impecable. Disputó los seis encuentros, marcó dos goles y repartió tres asistencias, su especialidad. Tantas como Özil o Arshavin, los tres en el primer escalón de la arquitectura a ras de hierba. A Silva le mudó la cara, su sonrisa se fue ensanchando conforme transcurrían los minutos, mientras pasaban los partidos y seguía, esta vez sí, en la primera línea de fuego, con los focos apuntando hacia su figura.
Reforzado con Pellegrini
Aquello se convirtió en un ejercicio de reafirmación personal tremendo. Le sirvió al canario para sentirse plenamente realizado. Ya no solo era aquel brillante mediocampista por el que se peleaban los grandes del fútbol Mundial, también era una pieza trascendente de una selección que había hecho historia, la de las dos Eurocopas y un Mundial. La mejor España de siempre.
El aterrizaje de Mauricio Pellegrini en la dirección del Manchester City ha servido para que su camiseta luzca los galones que exhibe cuando acaricia la pelota. La misma jerarquía que parece que le volverá a entregar Del Bosque. Una confianza alimentada este año por una muesca más en la Premier y por su versatilidad. Su capacidad para partir desde la banda, para aparecer por el centro e inventarse un tiralíneas que ilumine al delantero o para definir cerca del nueve lo hacen una pieza indispensable dentro del esquema del técnico salmantino. Pero, sobre todo, Silva pertenece a una casta especial, a la de los guardianes del toque.