Como una actitud «imperdonable» calificó el propio Luís Suárez su mordisco en el brazo al defensa serbio Branislav Ivanovic en un partido entre su equipo de entonces, el Liverpool, y el Chelsea el 21 de abril de 2013. Pero esa conducta, juzgada por él mismo como imperdonable, no era la primera vez que ocurría. Antes, como jugador del Ajax, había mordido en el hombro a Otman Bakkal, jugador del PSV Eindhoven.
Luis Suárez es un buen ejemplo de que, aquello que consideramos imperdonable, tendemos a repetirlo. Los psicoanalistas sabemos que, cuando alguien se siente muy culpable por algo, lo más probable es que lo vuelva a hacer. La culpa viene al lugar de la responsabilidad. Cuanta más culpabilidad, menos responsabilidad. Y, efectivamente, volvió a hacer lo imperdonable. En el pasado mundial de Brasil, jugando con su selección nacional, mordió al defensa italiano Chiellini. Luis Suárez pidió perdón y esperaba clemencia. La obtuvo, curiosamente de su víctima. Los jueces deportivos siguen pensando como él: que es imperdonable.
Los mordiscos de este jugador son su síntoma, porque se repiten. Si algo ocurre una sola vez, no es un síntoma. Pero si algo, que nos trae consecuencias muy negativas, lo seguimos haciendo, entonces si es un síntoma. Un síntoma es algo que escapa al control consciente y que desconoce las consecuencias. Por eso el castigo no lo eliminó, ni lo eliminará. Luis Suárez volverá a hacerlo.
Se trata además de un síntoma muy primario. Son los niños muy pequeños los que muerden al sentirse frustrados. De hecho, alguno de sus mordiscos fue la respuesta al hecho de que el jugador contrario le impidió culminar su jugada, sin que existiera contacto físico. Mordió, simplemente, porque le impidieron hacer lo que deseaba. Este tipo de conducta es propia de la regresión al sadismo canibalístico presente en las primeras fases evolutivas del niño. Tal vez esa intuición, respecto del carácter primitivo del acto, influye, consciente o inconscientemente, en todos nosotros. También en aquellos que le han impuesto una sanción supuestamente ejemplar y más dura que las que se ponen por patear o romperle la pierna a un contrario.
La sanción es necesaria, para no favorecer la impunidad, pero no corregirá la conducta. El mismo jugador ha declarado que no se puede contener. Por otra parte, su abuela paterna declaraba hace un tiempo que su nieto «es calentón desde chiquito». Las pulsiones no se educan y son refractarias al castigo. El mejor favor que podría hacer este genial futbolista a su club, y a sí mismo, es «hacérselo ver».
Manuel Fernández Blanco es psicoanalista y psicólogo clínico.