La agresividad es propia de la relación al igual, al semejante, a aquel que funciona como espejo para mí. La agresividad se dirige a ese otro que, precisamente porque es como yo, pienso que me arrebata mi imagen. Por eso tenemos una relación agresiva con los semejantes, especialmente con los más semejantes, con los que son como yo. Por eso hay más tensión agresiva en un Celta-Deportivo que en otros encuentros. En un Celta-Deportivo podemos llegar a ver cómo los radicales de ambos equipos se golpean con los palos que sujetan la misma bandera.
La agresividad es primaria en el ser humano, es un punto de partida. El niño pequeño solo renuncia a la agresividad en el proceso educativo en el que los valores simbólicos limitan la tendencia narcisista, de puro prestigio, que lleva a pelearse por cualquier nimiedad.
Los seguidores del Deportivo que se citaron para pegarse, apoyados supuestamente por hinchas del Alcorcón y del Rayo Vallecano, dieron lugar a una escena que me hace recordar una de las pinturas negras de Goya: «Duelo a garrotazos», donde, dos hombres casi iguales, se golpean en una escena en la que uno es el doble del otro.
Esa agresividad imaginaria por los colores, que lleva a una lucha a muerte (desgraciadamente esta expresión no es hoy una metáfora), solo se pacifica con una interpretación simbólica acertada. Es lo que ocurrió espontáneamente en el estadio, después de la tragedia. Me refiero al intercambio de bufandas entre seguidores de los dos equipos. Es un modo de apuntar a la verdad que la agresividad oculta: en realidad tu bufanda es la mía, son intercambiables.
La ofensa a los colores del club, en su versión más imaginaria, es equivalente a las peleas que, entre adolescentes, se iniciaban con un: «¿A qué no me quitas esta paja del hombro?», o las que llevaban a las guerras entre niños de diferentes barrios. En este caso, parece que todo partió de que los supuestos seguidores del Deportivo vivieron como una afrenta imperdonable que los hinchas del Atlético de Madrid celebraran un triunfo de su equipo en un supuesto lugar sagrado (la fuente de Cuatro Caminos) que es, por otra parte, un espacio público.
La vacuidad clamorosa del motivo es proporcional a la necesidad de darse cualquier razón para dar salida a la agresividad más primaria. Se escucha: «No son gente del fútbol», y es verdad. El fútbol es la excusa para dar salida a la pulsión agresiva y al cultivo de la ofensa imaginaria. En cierta medida, el fútbol canaliza también la agresividad de los pacíficos. Ciudadanos aparentemente muy respetables (tal vez deba incluirme en este grupo ya que acudo al estadio con mis hijos) gritamos, insultamos al contrario a veces, y al árbitro casi siempre. Podríamos caer en la tentación de igualarnos todos y situarnos colectivamente como responsables de la violencia. Sería la culpabilidad del inocente. No todo el mundo es capaz de golpear a otro con un bate, agredirlo con una navaja, o precipitarlo a un río con la consecuencia atroz que conocemos. Gritar no es golpear o matar.
Termino, entonces, recordando a Sigmund Freud, cuando dijo: «El primer humano que insultó a su enemigo, en vez de tirarle una piedra, fue el fundador de la civilización».
Manuel Fernández Blanco es psicólogo clínico.