En 1984, el Gobierno decidió acabar por la brava con el mandato del entonces presidente de la Federación Española de Fútbol. Lo hizo mediante el famoso decreto que pasó a la posteridad como el decreto anti-Porta, que limitaba el número de mandatos de un dirigente federativo. El decreto de venta centralizada de los derechos de televisión del fútbol profesional español no supone poner una fecha de caducidad a la presidencia de Ángel María Villar, pero sí que puede acabar siendo el punto de inflexión de un mandato eterno en el que siempre hizo lo que quiso sin que nadie le parara los pies.
La norma, impulsada por Cardenal, ha significado un clamoroso fracaso de las intenciones de Villar y ha desnudado al dirigente vasco, al evidenciar que, o bien su poder ha venido a menos, o nunca tuvo tanto como se le suponía. En cualquier caso, ha quedado debilitado porque la respuesta a sus chantajes ha sido un decreto en el que se beneficia al fútbol aficionado (se supone que era lo que reclamaba Villar), pero se le ningunea a él y se le impide administrar a su antojo los millones que se van a recaudar en el nuevo escenario.
Y este es el gran problema con el que se encuentra ahora Villar, que resulta que ha sufrido la humillación de ser tratado como se debe tratar a los chantajistas y a quienes no gustan de someterse a las leyes cuando estas no les convienen. Y que al mismo tiempo ha perdido su pulso ante Cardenal y, sobre todo, ante Tebas. Porque el gran problema de Villar de cara a su futuro es el emergente poder del presidente de la Liga, auténtico hombre fuerte del fútbol español y que tiene en sus manos la negociación de más de mil millones de euros que se repartirán entre los clubes.
¿Qué hará Villar a partir de ahora? ¿Se va a quedar de brazos cruzados ante el golpe recibido? Lo normal es que no, pero las opciones que le quedan pueden conducirlo igualmente hacia su final. Algunos creen que el vasco amenazará con las siete plagas y que tensará la cuerda hasta el infinito y más allá. Villar tiene la capacidad de paralizar el fútbol, dado que maneja a los árbitros. También podría utilizar a la AFE, que está de su lado y que aspiraba a una mayor tajada del real decreto. Rubiales podría convocar una huelga y montar un lío tremendo en la recta final de la Liga. Sería un órdago de imprevisibles consecuencias. También podría Villar denunciar el asunto ante la FIFA, dado que el decreto dice que los derechos pertenecen a los clubes y no a la federación. Esta estrategia tendría una difícil argumentación puesto que en Italia pasa lo mismo desde hace años y la FIFA nunca se manifestó al respecto.
En definitiva, Villar no es lo que era. Su debilidad ha quedado retratada. Y al débil, tarde o temprano, se lo come el fuerte.