La jornada se presentía apasionante, con choques directos entre Austria y Ucrania, en Bucarest, y Dinamarca y Rusia en Copenhague.
Defraudó el primero. La Ucrania de Shevchenko tardó media hora en comparecer. Cuando se dignaron a bajar mentalmente al césped ya Austria había hecho un gol. Se aguardó la reacción ucraniana, con calidad aquilatada, sobre todo, de Zinchenko, tan valorado por Guardiola en el City. Pero no hubo tal. Ni siquiera arreón en el desenlace. Se suponía que agitaría el tablero Shevchenko, idolatrado en su país como un crisol de la estrategia visionaria de Arrigo Sacchi y la fuerza como motivador de Simeone. En Bucarest, lució muy bien como modelo diorissimo. Qué incapacidad de reacción de Ucrania, descarriada como escuadra. Con 3 puntos, hacen y deshacen las maletas a la espera de carambola. Austria celebró su primer pase de una primera fase en medio siglo con el fervor de cuando Conchita ganó Eurovisión.
Lo que sucedió a partir de las nueve fue una indescriptible catarsis danesa. La Dinamarca aplastada por Ceferin y la UEFA, y después por injustísima derrota ante Bélgica, sufrió otros encadenados flechazos del feo destino. Tras el gol colosal a Rusia del joven Damsgaard, en un mismo minuto les pitaron a los daneses un inexistente penalti en contra mientras hasta el VAR favorecía el tren que montaron los finlandeses en su área ante Bélgica. El tren de Finlandia, nada leninista, era el triunfo de la reacción por la cual los nórdicos pasaban a octavos habiendo marcado un solo gol en 3 partidos. Al borde de la tragedia, explotó el fútbol como deus ex-machina. El once danés, anímicamente cohesionado en lo más hondo desde la tarde de la resurrección de Eriksen, reventó la cacharrería rusa del espantoso equipo de Cherchesov, un cráneo de matrioshka y una concepción del fútbol tártara, más ajada que las odas a Brezhnev. Y un defensa belga que juega en Japón, Vermaelen, anotó el tanto que hizo descarrilar el oportunismo finés. Y todos fuimos Dinamarca.