
«Antes consultaba con los mejores entrenadores del mundo y buscaba ayuda... pero ahora me la piden a mí», comenta la entrenadora y fundadora del club de patinaje, galardonada en los premios del deporte de La Voz
17 abr 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Durante más de 30 años Rosa García (París, 1970) ha dedicado por completo su vida al patinaje. Empezó siendo una niña y, al cumplir la mayoría de edad, fundó el Club Maxia Oleiros, donde desde 1994 forma a jóvenes talentos gallegos que llenan podios en competiciones tanto nacionales como internacionales.
—Recibió el galardón a mejor entrenadora del 2024 en la primera edición de los premios del deporte que otorga La Voz. ¿Se esperaba esta distinción?
—Cuando me llamaron pensé que era otra cosa, una broma. Aluciné. Estar ahí con el entrenador del Celta, Ana Peleteiro... fue un honor no, lo siguiente. Sigo sin creerme que fuese yo la que estuviese ahí. Nuestro deporte no es tan importante como el fútbol o el baloncesto a nivel de repercusión mediática. Sí, fui al mundial, tengo al campeón del mundo, pero... Fue una sorpresa.
—Hábleme de sus inicios en el patinaje, ¿cómo se aficionó?
—Empecé con 12 años, probé un montón de deportes y no me acababan de gustar. El patinaje para mí era un reto, es muy complicado técnicamente.
—¿Fue precisamente eso lo que le atrajo?
—Me enganchó la superación. Siempre ha sido un reto, tanto a nivel de patinar como ahora de entrenadora. Siempre me gustó ver el patinaje en hielo, me atrajo muchísimo.
—Y al final lo convirtió en su trabajo. Fundó el club Maxia con apenas 18 años. ¿Cómo decidió empezar esta aventura?
—Por petición. Yo patinaba en el Liceo y había niñas a las que les enseñaba en el colegio y les veía aptitudes. Les comenté que fuesen a probar en el club donde yo estaba para ver si querían competir. Pero fueron y nos les gustó, querían que las entrenase yo. Y ahí fue cuando me dije que no me iba a quedar otra que fundar un pequeño club y ver qué salía de ahí. Así surgió la idea. Lo creamos con 20 niñas... y hasta hoy.
—Su primera alumna fue, precisamente, su hermana pequeña. ¿Cómo gestionó todo aquello?
—Muy mal (ríe). Le llevo ocho años y, por aquel entonces, yo también era una niña. Cuando tienes 20 años y tienes a tu hermana delante pues... ¿quién lo iba a pagar? Ella en la pista, ella en casa, ella en todas partes. Lo que tuvo que aguantar la pobre...
—Y años después le tocó entrenar a su hijo y su sobrino. Todo queda en casa.
—Hoy en día entreno tanto a Unai, mi ahijado, como a mi hijo, pero ya es diferente. Ahora soy más profesional. Con la experiencia que tenía por aquel entonces, que era ninguna, hice lo que pude.
—¿Le costó convencer a su hijo para que comenzase a patinar o lo llevaba en los genes?
—No, no. Él jugaba antes al fútbol, y no era malo. Hasta que llegó la pandemia. Él también es bastante activo y tenía que jugar en un cuadradito con la pelota, pero yo podía ir a la pista. Y me dijo que se venía conmigo. Desde ahí empezó a patinar, muy a mi pesar. Hay que ser disciplinado en este deporte y yo soy su madre... Intentamos separar lo que pasa en la pista de lo que sucede en casa.
—El Maxia es una cantera de campeones, ¿cuál considera que es la clave del éxito que tienen?
—Soy una persona muy constante con lo que hago, y me gusta mucho tanto trabajar como este deporte. El club es el sacrificio de toda mi vida, diría yo. Es ir investigando, viendo cómo podía mejorar, consultar con los mejores entrenadores del mundo, buscar ayuda... Ahora me la piden a mí, pero en su día fue al revés. La clave es trabajar y que te guste lo que haces altruistamente. Sino, no conseguiríamos nada.
«Me siento muy orgullosa de que, desde esta esquina del mundo y sin medios, lo lleguemos a conseguir»
La falta de ayudas económicas y las trabas para entrenar suponen un problema constante para García y el Maxia.
—¿A qué dificultades se enfrentan en el día a día en el club?
—No tenemos ningún tipo de espónsor, no interesa patrocinar o ayudar a un club de patinaje. El día a día es bastante difícil. Entrenamos en el Palacio de los Deportes dos horas al día de lunes a viernes, y doy las gracias por ello. Porque a veces eso no nos llega y nos tenemos que buscar cosas imposibles, como ir a un garaje a entrenar un rato. Nosotros, al igual que otros clubes y otros deportes, también tenemos planificación para ir a mundial, por ejemplo. Entiendo que no podemos ir varias veces a lo largo del día, que es lo que necesitaría de la instalación, pero nos tenemos que buscar la vida por donde podemos. En Arteixo, Cambre, Ferrol... Durante el fin de semana lógicamente es impensable entrenar en el Palacio, porque hay partidos; y en verano tuvimos que ir a las ocho de la mañana para que luego las instalaciones las pudiesen usar otros clubes, o para actividades y eventos del Concello, como sucede habitualmente. Tuve que pedir pista en Arteixo para poder entrenar de cara al mundial, porque no teníamos. Es una lucha constante contra todo y para todo. Siento que nos infravalora todo el mundo.
—Y, a pesar de todo ello que comenta, siguen siendo un club referente. ¿Cuando inició este proyecto se imaginaba todo lo que ha vivido hasta ahora?
—No, jamás. Lo empecé porque me gustaba, pero si sé que llego a donde he llegado, igual no lo hacía. A este nivel y sin que te ayuden, es muy difícil. Estamos muy contentos porque lo conseguimos y llegamos, pero el sufrimiento que hay hasta ahí no es deportivo. Sufrimos menos compitiendo que haciendo todo lo que tenemos que hacer para competir. Pero eso sí, me siento muy orgullosa de que, desde esta esquina del mundo y sin medios, lo lleguemos a conseguir. Eso sí que es difícil.