
El francés, en un año para olvidar, hace un interior a Vingegaard en la última curva y bate a Pedersen en otro final en cuesta sin diferencias en la general
25 ago 2025 . Actualizado a las 20:49 h.En Ceres apenas hay espacio para instalar la meta. Es un pueblo de poco más de mil habitantes ubicado entre los Valles de Lanzo y con más de 20 iglesias. Dicen que hay una por cada 50 habitantes. Entre ellas, zigzaguea el pelotón, estirado como si hiciera cola para entrar. A 80 metros de la meta, Gaudu se coló. Se sintió un motorista, llevaba gas. Apuró la frenada en una última curva cerrada para hacerle un interior a Vingegaard y trazó tan bien que a la salida estaba emparejado con Pedersen. Salió más rápido. Gas. Y brazos arriba. A la cabeza. «Es una sorpresa», insistía. «Creía que esta etapa era para Pedersen». En el autobús del Groupama-FDJ le dijeron que era para él. Tenían fe en él.
El menudo bretón, que ya dejó su sello en La Vuelta del 2020 con triunfos nada menos que en La Farrapona y La Covatilla, perdió toda la confianza a principios de año. A finales de febrero se chocó con un animal entrenando. En la Tirreno abandonó por caída y un excompañero le atizó otro golpe. «Es un tipo horrible. Se cree un campeón y no lo es», dijo Alexys Brunel, ahora en el Total Energies tras retirarse un año. En ese momento, Gaudu, que hace directos en Twitch como Luis Enrique, contó que no le gustaba como gregario porque llegaba tarde y jugaba demasiado al pádel. Brunel se sintió ridiculizado.
El Giro, el gran objetivo del año de Gaudu, fue un calvario. Mientras el médico le atendía, el juez de carrera le llamó la atención por agarrarse demasiado. «¿Eres tonto? ¡Tengo un agujero en la mano!», exclamó con furia tras una caída tempranera. Veía su propio tendón. Acabó la carrera a duras penas. Y acudió a La Vuelta sin saber que esperar. Sin fe. Sin presión. Lejos ya de esa etiqueta del próximo francés que ganará el Tour. Fue cuarto en el 2022. Puede hacer podio en esta Vuelta.
Criado a los pies de los Montes de Arrée por un padre apasionado de la mountain bike, fue nombrado el sucesor de Pinot. Su mejor actuación llegó en la París-Niza del 2023. Tuteó a Pogacar y terminó segundo, por delante de Vingegaard. Ayer en meta recordaba otro de sus grandes momentos. «No había ganado una carrera World Tour desde el Dauphiné en el que batí a Van Aert (2022)». Fue un esprint similar. «¡Ahora puedo sumar a Mads! Es una anécdota, pero es muy positivo todo lo que pudo sacar».
Una etapa titubeante le resolvió muchas dudas al francés. Había un puerto duro a medio camino y muchas cuestas después. Pasos entre valles, viñedos y montes repletos de rutas con buen desnivel. Terreno pastoso, menú ideal para las escapadas. Pero no hubo banquete. La fuga se hizo tan rápido como otros días: Sean Quinn (EF), Alessandro Verre (Arkea), Luca Van Boven (Intermarché) y Patrick Gamper (Jayco). De nuevo, apenas les dejan dos minutos de margen. Con la moral minada, los escapados terminan por hacer la guerra por su cuenta. Verre a por la montaña. Solo le aguantó Quinn, al que le bastaba con sentirse en la pomada. El excampeón de Estados Unidos apenas ha corrido en todo el año. Siempre ha tenido alguna molestia en la rodilla izquierda. Debutó este año en Mallorca y le dolía la otra.
Le diagnosticaron el síndrome de plica, un pliegue que no suele causar problema a no ser que seas ciclista. Cuando se inflama, se nota. Pasó por el quirófano. Inició la recuperación. Veinte minutos de rodillo. Paso para atrás. Una rehabilitación dura. «No es que me atropellara un autobús. Tuve suerte en ese sentido», dice, siempre positivo. Aprovechó el tiempo. Se puso a producir música, su otra pasión. Lanzó dos sencillos. Y tiene más en mente. Su género es la música electrónica de baile. Cuando le capturaron a 19 kilómetros de meta, sonrió. Promete más baile.
Lidl endurece cada subida
En el puerto, el Lidl-Trek comenzó a ejecutar su plan. El eritreo Amanuel Ghebreigzabhier cortó a Philipsen y Vernon, los velocistas más peligrosos para Pedersen. Volvieron al grupo en el descenso, pero ahogados por las angostas carreteras piamontesas, de esas que algún tramo tiene raya divisoria entre carriles y en otros no. En la subida a Ceres, catalogada de cuarta, se remonta el río Stura di Lanzo junto a la vía del tren, la primera línea del mundo con una tensión de 4.000 voltios. Hacía falta chispa, la que le faltó a Aular, la baza del Movistar. «Se me han hinchado un poco las piernas».
Al paso por la estación, a un kilómetro de meta, Ganna, la locomotora de Verbania, perdió el duelo de trenes con el Lidl. Ciccone lanzó a Pedersen, sentado durante la ascensión, durante el esprint. Boca abierta. Agonía. Vingegaard a su rueda. Compatriota y líder ante la curva a derechas a 80 metros. Titubeó. Gaudu no. «Me hizo un gran interior». El galo, que para los italianos es transalpino, más allá de los Alpes, les pasó a los dos y rozó el maillot de líder. Empatado a tiempo con Vingegaard. Cruzar la meta de la primera etapa unos puestos por detrás impiden al galo cruzar los Alpes con el maillot rojo.