Colas desde una hora antes. Había quien pensaba que se trataba de otra edición de la Gala da Gastronomía por aquello del abarrotamiento, pero ni en broma. De empujones y chillidos ná de ná : en filas de dos y con mucho orden, el numeroso público fue haciendo acto de presencia en el pabellón. Las gradas a tope y la pista llenándose cada vez más. Café Quijano reunió a un público muy heterogéneo. Por un lado estaban los más jóvenes, casi todos por encima de la mayoría de edad, por otro el sector de los veinte y treinta y tantos, que eran un grupo amplio y finalmente aquellos más maduritos, que aunque bien sentados en las gradas tatarearon de lo lindo aquello de «nada de nada, ni mucho ni poco me quedo mirando la vida pasar». Y pasamos a la acción. Una cantidad de un pelín desmesurada de vatios atronaron el pabellón. Los chicos de Café Quijano, aún situándose en el prototipo de guaperas y pasotas , conectaron desde el principio con el público. Basta decir que un sonoro «boas noites» sirvió de comienzo. Después, lo esperado: repertorio de rigor por los temas de La Taberna del Buda , éxtasis de los asistentes con la historia de la famosa Lola, quizás demasiados minutos de solos de guitarra y un final de auténtica fiebre. «Pendenciero y mujeriego lo seré hasta que me muera», sentenciaron los tres magníficos leoneses. Quines, por cierto, hicieron patria con sus escudos. Eso sí, los diez euros que en la novedosa atracción del campo de la feria duran escasos minutos, aquí dieron para dos horas de música y letras cañeras. No está nada mal.