EL CRISOL | O |
24 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.POCAS COSAS resultan tan democráticas como meterse a vivir un par de meses en un edificio consistorial y convertirlo en un salón de juegos -tute, brisca o canicas- o en una sala de proyecciones cinematográficas. Si se hace por una buena razón y civilizadamente, la experiencia es muy sana y formativa. El otro día, el hijo -tendría 12 años- de una de las mujeres encerradas en el concello se comía tranquilamente un donus en el asiento reservado a Ramón Campos durante los plenos. Con el pacífico encierro de vecinos en las oficinas municipales, todos estamos aprendiendo algo. No me refiero a las reivindicaciones -marginadas hoy en esta columna- sino a esa convivencia casi fraternal que se respira en los pasillos del concello y en la sala de plenos, al buen humor general y al excelente talante y disposición a escuchar de gran parte de los encerrados. Es una lástima que dos de los cuatro bobos reconocidos de la villa hayan decidido mezclarse con los encerrados. Son como ese Brian que protagonizaba ayer una película que se pasó en la sala de plenos, pero con menos gracia y luces que la mula Francis. El mayor Brian estradense no sospecha nada de su identidad, y quizá por ello hay que perdonarle y regalarle siempre la cariñosa palmadita en la espalda, pero una cosa tan seria como es este encierro, con unas reivindicaciones más que formales y justificadas, debería prescindir de estos fanáticos de la nada que manchan -eso sí, sin querer- cualquier razonamiento. El Brian de Monty Python hizo reir ayer a los encerrados. El otro aparecerá mañana de nuevo por allí para provocar compasión.