Sin rubor

| O. P. ARCA |

DEZA

RECUERDO QUE, cuando el flequillo caía por debajo de mis cejas, en los momentos en que me sorprendían haciendo algo que no debía, siempre había un factor que traicionaba mis palabras exculpatorias: sin saber por qué, en un acto reflejo que no podía frenar, me ponía colorado. Pasados los años, con el flequillo exiliado a la parte alta de la cada vez más extensa frente, compruebo cómo algunas personas se desprenden de esa repentina coloración de las mejillas. Y así pueden defender, sin ruborizarse, acciones que años antes les habrían puesto en la cara dos coloretes cual Heidi en carrera por los Alpes. Lo que no sé es si se debe a que algunas conciencias, con los años, se vuelven laxas o a que los primitivos actos reflejos se llegan a controlar, quizás por la costumbre. En todo caso, qué bueno sería que la primera opción no fuese la verdadera.