El precio del progreso: Lalín y la cicatriz de la memoria perdida

Paulina Iglesias LALÍN

DEZA

cedidas

En las últimas décadas la imagen urbana de las calles de la capital dezana sufrió numerosos cambios en aras de una modernidad que en más de una ocasión sacrifica lo viejo y derriba lo antiguo, para transformar y apostar por nuevas arquitecturas, que no siempre son mejores

21 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Caminar por el centro de Lalín hoy en día requiere hacer un ejercicio de imaginación, o casi de arqueología nostálgica. Quienes recorren los espacios pavimentados de la villa a menudo olvidan que las plazas no siempre fueron desiertos de piedra pulida, y que el progreso, en este rincón del Deza, casi siempre se ha cobrado el mismo peaje: la destrucción de la propia identidad. La desaparición de nuestro patrimonio histórico y etnográfico no es una simple renovación de fachadas; es un daño irreversible que nos despoja de las raíces que nos definen.

Torre-fortaleza

Hubo un tiempo en que Lalín poseía un símbolo que proclamaba su antigüedad a los cuatro vientos. En lo que hoy conocemos como la Plaza de Loriga (o popularmente de las Pipas), se erguía imponente la vieja Torre-Fortaleza medieval de los Churruchaos. Aquella mole de granito, que sirvió de timbre de armas al primer ayuntamiento en 1840, sobrevivió a siglos de batallas para terminar sucumbiendo, en 1846, no ante un ejército enemigo, sino ante la piqueta de la propia villa. Sus piedras y maderas fueron desmanteladas para levantar una cárcel, inaugurando una triste inercia local: triturar el pasado para pavimentar las urgencias del presente.

A los pies de aquella fortaleza derribada respiraba la vida comunitaria. Allí mismo se levantaba la antigua Capilla de los Dolores, pequeña y humilde, pero vertebradora del espacio. Junto a ella, un frente de casas tradicionales daba cobijo y alimento a los feriantes, dibujando una estampa urbana de soportales, muros bajos y portalones de madera que dotaban a Lalín de un carácter inconfundible. Todo aquello fue borrado. La capilla fue tachada de «mezquina» por las autoridades de la época y demolida para ensanchar el mercado. Las casas del frente de la plaza cayeron una a una, incluyendo una de las casas más antigua que había frente a la plaza, propiedad de José Abeledo Lalín, un rincón que con su imponente presencia definía el carácter señorial y preindustrial de la villa vieja.

Huella de los Abeledo

La huella de la familia Abeledo en ese rincón de Lalín iba mucho más allá de las paredes de su residencia; representaban a esa hidalguía y burguesía comercial gallega que forjó las bases del Lalín moderno a través de los foros y el control de las propiedades más estratégicas del casco histórico. Hoy, frente a lo que queda en su lugar, se levanta el monumento al aviador Joaquín Loriga, un homenaje noble, pero edificado sobre el vacío de lo que fuimos.

Esta inercia destructiva alcanzó su punto álgido con la construcción de la actual Iglesia Parroquial de Santa María das Dores, inaugurada en 1919. Aunque el majestuoso templo neogótico proyectado por Nemesio Cobreros se erige hoy como el corazón espiritual de la villa, su alumbramiento exigió un enorme tributo de arquitectura tradicional.

Para abrir los accesos al nuevo templo, desahogar la plaza principal y alinear la actual calle Alcalde Ferreiro, el ayuntamiento de principios del siglo XX inició un agresivo plan de reformas urbanísticas y expropiaciones.

Bajo la piqueta cayó la primera e histórica Casa de los Losada, un núcleo cerrado típicamente rural compuesto por viviendas de piedra, palleiros y una fuente tradicional que fue desterrada a la parroquia de Albarellos. En los bajos de aquella casona original operaba el taller artesanal que abastecía a toda la comarca; su desaparición forzó a los herreros a desplazarse a las afueras, rompiendo el vínculo directo entre el oficio artesano y el núcleo urbano. Con su derribo, se abrió una herida en la memoria colectiva que hoy, un siglo después, amenaza con gangrenar los últimos vestigios que nos quedan.

Lejos de aprender de aquellas cicatrices, Lalín parece condenada a repetir su historia. El actual proyecto de la «Gran Praza» ha vuelto a poner la piqueta sobre el corazón de la villa. El objetivo actual son dos de las últimas casas tradicionales que resisten en pie, estas adosadas al histórico edificio del Casino.

Debemos pararnos a reflexionar con la máxima gravedad sobre lo que está en juego: estas dos edificaciones son plenamente centenarias. No estamos hablando de construcciones ordinarias ni de ladrillo reemplazable, sino de estructuras de mampostería granítica gallega que han superado los cien años de historia, resistiendo al paso del tiempo como los últimos testigos físicos capaces de explicarnos cómo funcionaba la economía rural y la sociedad del siglo pasado.

Su pérdida supondría un daño absolutamente irreparable para el patrimonio de Lalín; una vez derribadas sus piedras centenarias, ninguna reconstrucción moderna podrá devolvernos la autenticidad de las raíces que nos definen. Borrarlas del mapa es amputar de forma definitiva el último cordón umbilical con el Lalín de nuestros antepasados.

Estas edificaciones centenarias vieron cómo, de forma paralela, se extinguían las antiguas eiras, los hórreos, los molinos y otras estructuras históricas de los alrededores. Esas explanadas comunitarias y empedradas donde los vecinos se reunían para mallar el trigo, los hórreos centenarios que custodiaban las cosechas frente a las inclemencias del tiempo, y los molinos hidráulicos que aprovechaban el cauce de las aguas para moler el grano de la comarca, fueron engullidos uno a uno por el avance implacable del cemento urbano. Eran piezas de un engranaje etnográfico perfecto.

Con la desaparición de estas infraestructuras tradicionales, Lalín no solo perdió suelo histórico; perdió los espacios de trabajo, de subsistencia y de socialización que definían el latido cotidiano de la comarca del Deza.

Antes de que el Concello de Lalín iniciase el proceso para ejecutar el proyecto de la Gran Praza, la titularidad de estas construcciones centenarias reflejaba el tejido familiar y el comercio tradicional que dio vida a la villa durante décadas. En los bajos de una de estas casonas supervivientes —que ha pertenecido de manera ininterrumpida a los legítimos descendientes y herederos de los Losada— sonaba a diario el yunque de la mítica herrería familiar, el motor logístico donde se forjaban los aperos agrícolas y se herraban los animales en los días de feria. En la vivienda contigua, que perteneció históricamente a antiguas familias de la incipiente burguesía y comerciantes locales de Lalín, otra tienda tradicional completaba el latido comercial de una época que ya no volverá. Ambas propiedades compartieron el destino de una villa que se resistía a dejar morir su esencia artesanal.

Detrás de estas edificaciones se esconde, además, un tesoro casi invisible para el transeúnte apresurado: un pequeño espacio que conserva un antiguo muro de mampostería tradicional.

Esos muros de piedra, que antaño se alzaban en cada rincón, huerta y linde de Lalín confiriéndole su inconfundible fisonomía rural, han sido erradicados del mapa urbano de forma sistemática. Hoy en día, prácticamente solo queda ese ejemplar en pie en todo el centro, como el último bastión de la arquitectura popular que definió el paisaje de nuestros antepasados .

Ramón María Aller

Pero el valor de este rincón va todavía más allá. Por estas estancias y por la misma callejuela transitó y dejó su impronta la familia de una de las mentes más preclaras que ha dado Galicia al mundo: el célebre astrónomo, matemático y sacerdote Ramón María Aller Ulloa. Su abuelo, Juan Ramón Ulloa Pimentel, fue un ilustre abogado y alcalde de la villa, asentando un linaje profundamente vinculado a la vida pública y cultural de Lalín.

El propio don Ramón María Aller Ulloa estuvo tan ligado a los cimientos históricos de este entorno que fue él, con su mente analítica y virtuosa, quien planeó el diseño del nuevo edificio del Casino de Lalín tras los destrozos ocasionados por el vendaval de 1900. Es decir, las piedras que hoy se quieren aislar o derribar están íntimamente conectadas con el sabio que construyó el primer observatorio astronómico gallego.

Una casa señorial e hidalga con un patio interior

Esta conexión con Aller Ulloa nos recuerda el valor de las estructuras que nos rodean. La edificación que hoy alberga su museo municipal no fue siempre un espacio cultural diáfano; nació en el siglo XIX como una casa señorial e hidalga tradicional de la burguesía gallega. Aquel caserón de gruesos muros de granito y mampostería poseía un gran portalón de entrada que funcionaba como un «paso» o pasaje de carruajes, caballos y provisiones hacia sus dependencias interiores, conectando el ajetreo diario con el patio, corral y huerta traseros. Fue en ese mismo patio interior donde, entre 1911 y 1924, el genio del astrónomo transformó la arquitectura rural. Aprovechando las ventanas y construyendo él mismo una torre cilíndrica de mampostería rematada por una cúpula de madera giratoria, levantó el primer observatorio astronómico de Galicia. Aquella casa demostró que el patrimonio puede transformarse y dignificarse sin necesidad de ser destruido.

La paradoja y la amenaza actual, sin embargo, son dolorosamente físicas. Destruir esas dos viviendas y ese patio trasero compromete directamente la estructura del propio Casino de Lalín, ya que comparten un imponente muro medianero de piedra. Romper esa hilera de granito y derribar el último muro tradicional es agrietar el edificio de una sociedad centenaria que es patrimonio vivo de nuestra cultura, un espacio cuya historia se entrelaza de forma directa con los planos de la familia Aller Ulloa. Mientras con orgullo cuidamos el tejado de su antiguo observatorio, permitimos que las palas mecánicas devoren las viviendas de mampostería de los artesanos contemporáneos a su época, infligiendo un golpe irreversible a nuestra memoria colectiva.

Lalín ha ido perdiendo jirones de su alma de forma silenciosa: bodegas rurales desmanteladas, lagares olvidados que daban fe de una rica cultura enológica, hórreos centenarios sustituidos por bloques de hormigón impersonales. Al demoler el entorno tradicional, descontextualizamos incluso a la gran iglesia neogótica que preside el centro, dejándola sola, despojada del paisaje humano y artesanal para el que fue diseñada.

Una villa sin edificios antiguos es como un libro al que le han arrancado las páginas intermedias: se puede intuir el final, pero se pierde el sentido del relato. Conservar esas dos casas junto al Casino, con su herrería, su patio de piedra original y su imborrable memoria astronómica y familiar, no es un ejercicio de terquedad ni de melancolía abstracta; es trazar una línea roja ante el desarrollismo ciego. Si permitimos que caigan estas últimas piedras centenarias, el vacío patrimonial será definitivo y el daño irreparable. Llegará el día en que Lalín sea una villa idéntica a cualquier otra, un cruce de calles sin alma. Y entonces, cuando solo nos queden fotos borrosas en las pantallas, comprenderemos demasiado tarde que el progreso que nos prometieron consistía, en realidad, en dejarnos sin memoria.