Los malvenidos

Annie Sánchez

DEZA

Hay una curiosa contradicción en nuestra forma de entender la autoridad. Enseñamos a nuestros hijos que, si algún día tienen un problema, busquen a un policía o a un guardia civil. Pero, al mismo tiempo, hemos normalizado un comportamiento en el que saludarles resulta extraño, recibirles genera incomodidad y su presencia suele interpretarse como una mala noticia. Quizá por eso este artículo se titula Los malvenidos, porque muchas veces llegan para ayudar y, sin embargo, son recibidos como si fueran el problema.

En nuestro día a día es fácil olvidar su trabajo. Nos acordamos de ellos cuando vemos una multa, cuando cortan una carretera o cuando intervienen en un conflicto. Rara vez pensamos en todas aquellas ocasiones en las que su simple presencia ha evitado que el conflicto llegara a producirse. La prevención tiene un problema: nunca sale en las noticias. Nadie celebra el delito que no ocurrió, la pelea que no llegó a empezar o el accidente que se evitó gracias a una patrulla que estaba donde tenía que estar. Y, sin embargo, esa es probablemente la parte más importante de su trabajo.

La función de las fuerzas y cuerpos de seguridad no consiste únicamente en sancionar conductas incorrectas. Su misión principal es proteger a las personas y preservar la convivencia. La autoridad no existe para imponer miedo, sino para ofrecer seguridad. Cuando funciona correctamente, no limita nuestra libertad; la hace posible.

Quienes trabajamos en proyectos sociales conocemos bien esa realidad. En el centro juvenil La Estación hemos aprendido que la seguridad también se construye desde la cercanía y que sin ellos sería imposible ejercer nuestra libertad. No solo cuando necesitamos ayuda, sino cuando participan activamente con los jóvenes, escuchan, orientan y ayudan a crear ese sentimiento de comunidad que toda sociedad necesita. Por eso, en nuestra casa, siempre son bienvenidos, incluso cuando vienen a decirnos que algo puede hacerse mejor, porque una corrección hecha con respeto también es una forma de cuidar.

Tal vez el problema sea que hemos confundido autoridad con autoritarismo. Que hemos convertido cualquier corrección en una ofensa y cualquier límite en un ataque personal. Así, poco a poco, la figura de autoridad (desde un profesor en el aula hasta un policía en la calle) deja de verse como un aliado y pasa a percibirse como un adversario.

Pero basta vivir una situación de peligro para comprender la diferencia. Cuando alguien entra a robar en una casa, desaparece un menor, una persona está siendo agredida, un anciano se desorienta o simplemente el miedo llama a la puerta. Entonces nadie piensa en ideologías ni en prejuicios. Solo espera escuchar una frase: «Ya vamos para allá».

Una comunidad segura no es aquella que aplaude siempre a sus autoridades ni la que las critica por sistema. Es aquella que entiende su papel, exige cuando es necesario y valora el trabajo cuando lo merece.

Quizá ha llegado el momento de dejar de tratar como malvenidos a quienes tantas veces llegan cuando peor lo estamos pasando. Porque el día que necesitamos su ayuda, descubrimos que siempre han estado ahí queriendo ayudar.