La hija de Flora Penela y Álvaro Pallares recibirá este reconocimiento póstumo
10 jul 2013 . Actualizado a las 07:00 h.María Flora Penela Taboada se hizo cargo en 1948 de la taberna O Bodegón da Marquesina, en Lalín, que era propiedad de su padre. Un año después la joven, natural de la parroquia cruceña de San Pedro de Losón, se casó con el lalinense Álvaro Javier Pallares Granja. Este trabajaba en el Casino y tenía El Cafetín. Desde esa fecha y hasta finales de los años 80 en la que Flora traspasó el negocio, O Bodegón fue lugar de reunión de generaciones de lalinenses.
Este año los hosteleros de Lalín decidieron rendir un homenaje póstumo a ambos con motivo de la celebración de Santa Marta. La noticia se la daba Amalio del Casino a Flora Pallares Penela, la única hija del matrimonio.
Ayer Flora y su hija desgranaban junto con las fotos antiguas del matrimonio sus recuerdos y la historia de esta emblemática taberna. Un local famoso por sus guisos y la buena mano para la cocina de Flora que preparaba conejos, perdices y que era famosa por sus platos de hígado y por los de bacalao.
Cuenta su hija que el número de comensales era por lo menos de unos 25 al día y que allí comían «obreros que traían la comida de casa y se tomaban una sopita o un caldo», los estudiantes del instituto y el personal del juzgado. Su situación, en el bajo de La Marquesina y al lado del cine de Lalín lo convertían en obligado lugar de reunión.
En el «escaparate» del local se exponían las mejores piezas y lucían las truchas más imponentes. Un reservado daba privacidad a una mesa para doce comensales. Los días de cine los espectadores que se acercaban a Lalín desde las parroquias dejaban sus bicicletas y se disparaban las ventas de gaseosas de Ramos que, cuenta Flora, «los que estaban en el gallinero agitaban para regar a los de las butacas». Recuerda que con películas como Cantinflas las butacas no llegaban y todos se iban a la taberna para complementar la falta de asistentes con las sillas y taburetes del local.
Los días de feria, cuentan la hija y la nieta de los propietarios, «a las ocho de la mañana ya estaban listos los callos y los primeros que los probaban eran el chófer y el revisor del Castromil». Una cocina de leña y una pequeña de gas obraban el milagro de los mil platos que salían de las manos de Flora cada día. Álvaro falleció con 59 años hace treinta años y su esposa siguió con el local hasta el 87 ó el 88 que lo traspasaron y luego cerró. María Flora murió hace cinco, con 81, pero siguió trasteando con las ollas sin perder los hábitos de toda la vida. Unos tiempos de ferias dominicales multitudinarias, de taberneros muy unidos agrupados alrededor de una manzana y establecimientos donde el cliente era como uno de la familia.