Através de un comunicado en las redes sociales el presidente del CD Lalín, Marcos Torres, daba por finiquitada su etapa en el cargo. Fechado el pasado sábado, parte de la masa social cree que se pudo esperar a finalizar la temporada. Por muy comprensibles que puedan ser los motivos de su decisión, en especial las prescripciones médicas. Pondrá fin a un mandato de apenas dos años con muchos claroscuros. Loable su decisión de dar un paso adelante ante la posibilidad de entregar a un clásico del fútbol gallego a la Federación por falta de relevo. Pero todavía muchos aficionados se preguntan quién le acompaña en la directiva, dónde están desde directores generales -iban a ser tres- a vocales.
En lo económico se repitieron males heredados en cuanto a la justificación de las ayudas municipales, que obligó al Concello a rebajar en casi un 80 % los 11.000 euros aprobados inicialmente en el 2017. Y si hablamos de lo deportivo, no se consiguió estabilidad en el banquillo en ninguna de las dos temporadas, con baile de técnicos. En la confección de la plantilla tampoco faltaron vaivenes. Se salvó la categoría in extremis en la liga 2016-2017, ¡Primera Autonómica!, y en esta 2017-2018 el sueño de regresar a Preferente se esfumó más pronto que tarde.
¿Qué falla? Estamos ante un problema estructural, engordado con el paso de los años. Cualquier club se debe cimentar en una cantera de la que careció por las en su día tensas relaciones con la EF Lalín. La masa social fue en constante declive y asumir las riendas del club quemaba. Toca refundarse o morir. O morir para renacer con mimbres nuevos.