Hasta hace poco tiempo no pasábamos de cuartos de final. Incluso a veces ni nos clasificábamos. Pero últimamente ganamos Mundiales y Eurocopas como quien no quiere la cosa. Da igual que sea sub-20, que con la mano, que a la pata coja. Ganábamos. Pasamos de un extremo al otro de la noche al día.
Con la economía, y concretamente con el sector inmobiliario, se tiene la misma sensación. No hace mucho se veían carteles de «hórreo con excelentes vistas» o «cuadra reformada para entrar a vivir». Y lo incomprensible es que se vendían. Había una inmobiliaria en cada esquina y los clientes se amontonaban en los escaparates para ver planos y pisos piloto. Ahora estamos en el otro extremo. En junio pasado, último dato conocido, hubo 30.231 transacciones inmobiliarias, la mitad que en los años dorados, y con unos precios más de un 40 % inferiores.
Pero algo se empieza a mover en la rebotica. Estos días hemos conocido que los diferenciales que aplican los bancos a las hipotecas se han reducido al entorno del 2 %, en un período en el que el euríbor también ha bajado por debajo del 0,4 %. Doble bajada que no veíamos desde hace años y que permite ahora mismo financiar una vivienda por debajo del 2,5 %.
Es cierto que todavía persiste un exceso de oferta de inmuebles en algunas zonas de nuestra geografía y que los bancos se han convertido en las inmobiliarias más agresivas, y a eso se debe en parte esta relajación de diferenciales. Pero también empieza a haber zonas donde han desaparecido los carteles de «se vende» y en su lugar han aparecido grúas.
El mercado inmobiliario, al igual que nuestra selección, es extremadamente cíclico. Si a eso sumamos la verdad absoluta de que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos y tres veces en la misma piedra, y tomamos en consideración que en el último Mundial no llegamos ni siquiera a cuartos de final, es muy probable que a la vuelta de la esquina volvamos a ver hórreos y cuadras en venta a precio de oro y bancos que nos financien la operación.
Marcos Escudero es Economista.