Violencia en las aulas

EDUCACIÓN

01 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

LA VIOLENCIA siempre existió en los centros escolares, aunque ahora sea más frecuente e intensa. Lo nuevo no es la violencia, lo nuevo es el tipo de violencia. La violencia actual se caracteriza por ser una violencia anti-institucional que recae y se ejerce sobre los lugares de enunciación del discurso educativo mismo y de quienes lo encarnan: los docentes. Se trata de una violencia que se dirige al fundamento de la relación educativa misma. Así, algunos chicos pueden intentar divertirse acudiendo a clases de asignaturas a las que no están matriculados, para mofarse del profesor, o bien rechazar pasivamente o activamente cualquier indicación pedagógica o medida disciplinaria. El rechazo actual a la disciplina educativa no es ideológico. No parte de la contestación al modelo educativo, ni propone alternativa. Es la actitud propia de quienes simplemente, al modo del Bartleby de Melville, prefieren no hacer lo que se les pide. Esto también es violencia, porque el oposicionismo, incluido el oposicionismo pasivo, es una respuesta agresiva. Por eso la violencia, presente en los centros de enseñanza, no se reduce a los episodios de agresión física o acoso moral. Cuando se trata de esta última forma de violencia, aunque también puede alcanzar a los profesores, se dirige fundamentalmente hacia aquellos alumnos que, por sus características personales, se convierten más fácilmente en objeto del sadismo planificado y continuo, de un individuo o de un grupo, hasta convertir la estancia diaria en el centro educativo en algo insoportable. Esta práctica, que se ha dado en denominar bulling, es una realidad frecuente y en aumento, como tenemos ocasión de comprobar en los dispositivos de Salud Mental, aunque en ocasiones sea silenciada por los propios acosados debido al sentimiento de infravaloración y autodesprecio que les genera. Si bien es cierto que cada acto violento exige del análisis singular del caso, resulta imprescindible distinguir entre el sujeto violento y el alumno violento. El alumno violento lo es sólo porque le obligan a estar donde no quiere estar, lo que aboca al conflicto permanente. El sujeto violento, por el contrario, lo es dentro o fuera del aula. En ambos casos, el abordaje es muy distinto. Con el alumno que, mediante la indisciplina, expresa su rechazo a estar escolarizado es posible una cierta dialéctica. Estos objetores del saber pueden variar su posición si son orientados hacia otro tipo de aprendizajes que consuenan más con sus deseos, y siempre que no nos empeñemos - por supuesto por su bien - en un tipo de escolarización obligatoria que rechazan abiertamente. No es tan fácil cuando se trata del sujeto, no del alumno, violento. En estos casos, sus actos son más sórdidos, más calculados, más escogidos, más pensados, porque no son la simple expresión del rechazo académico: apuntan a algo que no admite el pacto, la argumentación ni el razonamiento. Se trata de una violencia más primaria, más difícilmente dialectizable. Aun así, siempre es imprescindible delimitar la posible psicopatología que puede estar subyacente a las conductas violentas, para no reducir todo a problemas de conducta.