En una sociedad de aprendizaje todos somos estudiantes

Miguel Ángel Escotet PUNTO DE VISTA

EDUCACIÓN

XOAN A. SOLER

17 feb 2025 . Actualizado a las 09:46 h.

Una sociedad de aprendizaje parte de la base de que todos sus miembros son aprendices permanentes. Unos a otros se facilitan los aprendizajes. La universidad contemporánea ha centrado la formación en el sujeto que enseña. Se han creado dos culturas: el sujeto que aprende (estudiante) y el sujeto que enseña (profesor). Se admite que sin estudiantes no existe la universidad, pero todas las contingencias del aprendizaje se organizan de forma tal que, aun sin intención, dan más valor al que enseña que al que aprende. El concepto de libertad de cátedra se ha ido aplicando a la labor del profesor únicamente, sin incluir al estudiante, cuando preferiblemente debería ser utilizada para el libre flujo del conocimiento. Las dos culturas tendrían que dar paso a una sola: a la del sujeto que aprende. Una universidad en donde todos formen parte de una comunidad de aprendizaje permanente. En donde profesores y estudiantes sean aprendices; donde la administración y gestión del sistema se oriente a facilitar expresamente el proceso de aprendizaje y creación; y en donde los programas de estudio se diseñen, modifiquen y transmitan día a día en función de las investigaciones, innovaciones, nuevos conocimientos y nuevas tecnologías de enseñanza-aprendizaje. La misión genuina es aprender para seguir aprendiendo de por vida.

Tan importante como lo dicho anteriormente es la elaboración de programas con contenidos que abarquen, en extensión y profundidad, lo que el sujeto que aprende «debe saber», y no en función de lo que el sujeto que enseña «sabe». Esto obligaría a los «profesores» a estar permanentemente en renovación de teorías, técnicas o procesos metodológicos y aplicaciones, y, al mismo tiempo, en total relación con la generación de conocimiento que se produce dentro y fuera del contexto universitario. Conlleva la dosis de humildad necesaria de quien, por su experiencia y capacidad, reconoce sus limitaciones, comparte sus conocimientos y aprende hasta el final de sus días lo mucho que desconoce. Al mismo tiempo, este cambio de papel del profesor actual introduce una relación totalmente distinta con el estudiante, dado que se crea una nueva filosofía educativa, en donde aprender es una aventura compartida, fascinante, intrigante y necesaria, en vez de autoritaria, fatigosa y aburrida.

La universidad respondería así a lo que pretendía en su origen: una comunidad de «aprendices», una gran familia del conocimiento. Sin embargo, la realidad de numerosas universidades nos indica que, salvo excepciones de profesionales íntegros, el claustro docente configura muchas veces una «tribu universitaria» —parafraseando a Alejandro Nieto— encerrada en sí misma, de tendencia corporativista y con actitudes de infalibilidad. La universidad actual se planifica, antes que nada, en función de este cuerpo académico. El diseño del espacio físico, los sistemas de remuneración y escalafón, la valoración de méritos, los programas de estudio, las estructuras académico-administrativas, la organización del tiempo y otras dimensiones universitarias responden preferentemente a las necesidades del docente, pero no necesariamente a las de la docencia.

Este sistema de prioridades es aplicable tanto a universidades de países en desarrollo como desarrollados. En algunos de estos últimos países es de sobra conocido, por ejemplo, la mala praxis de muchos profesores, que utilizan a sus estudiantes de posgrado o de tesis para la elaboración de sus investigaciones, libros o artículos, en los que el nombre de estos colaboradores, innumerables veces autores principales, o no aparecen o no ocupan en la publicación el lugar destacado que merecen en función de su trabajo; o simplemente se les agradece, en letra pequeña, en las opacas páginas de una introducción. ¿Hacia dónde se centra el aprendizaje y la investigación? Este tipo de comportamientos constituyen actos inmorales y punibles de propiedad intelectual y demuestra el tipo de sistema autoritario encubierto que refuerza la educación centrada en el sujeto que enseña. Tipo de práctica, por otra parte, que está en contra de la misma esencia que define a cualquier situación de enseñanza-aprendizaje, cuya primera regla es la ética, la integridad, la honestidad, la humildad cognitiva y el respeto al otro.

Además, la formación universitaria abusa de la memoria, tanto en la información como en la evaluación, cuando, como expresa Henning Hansmann, lo que tiene verdadero valor para nuestras vidas «no es lo que recordamos exactamente, sino lo que transformamos». Mientras la universidad no modifique esta parte medular para lograr una sola comunidad de personas que aprenden, no será posible hacer frente a las distintas progresiones del conocimiento, al crecimiento geométrico de los saberes. Es fundamental que la universidad revolucione su propia esencia si quiere ser parte de la sociedad futura del aprendizaje.