Fábrica de sueños

Xosé Ameixeiras
Xosé Ameixeiras ARA SOLIS

EDUCACIÓN

ANGEL MANSO

Mi escuela era un lugar humilde. Una suerte de templo a la impotencia y al subdesarrollo. Era una clase en las que las ventanas soplaban un aire gélido, los aseos estaban en las fincas próximas y las paredes filtraban agua, que se deslizaba en hilos hacia la puerta como una serpiente en busca de la libertad. Y una maestra que tenía que amansar a más de medio centenar de rapaces y rapazas de todas las edades y convertir en milagro cualquier avance académico, que no fueron pocos. Una heroína en tiempos crudos. Su memoria aún perdura. Poco más material había que un retrato de Franco y otro de José Antonio, una pizarra, un armario con cuatro libros y unos pupitres desvencijados y medio vencidos por el tiempo. Habían sido tantos sus ocupantes y habían dejado tantas huellas que se hacía muy complicado datar su origen. Los padres no acompañaban a sus hijos. Tenían suficiente con domar la tierra para arrancarle un sustento mínimo. Llegábamos andando en pandillas y las alumnas mayores solían cuidar de los más pequeños. Ley de vida. Y aun así tuvimos mucha suerte. Otros fueron labrando su educación a golpe de cachetadas. Me contaba un marinero que dejó los estudios porque el profesor de Latín le metía las declinaciones y los ablativos absolutos a golpe de soplamocos. Un día acabó con un ojo hinchado y huyó. Se enroló en un barco mercante y navegó los siete mares. Así se forjaron muchos héroes silenciosos que le echaron varios pulsos a la vida. Como quien se la juega en una ronda de copas en una tarde de tedio un día de temporal. Ojalá que los colegios, que abrieron ayer, sean fábricas de sueños y no de pesadillas.