Cuando Pedro Sánchez accedió a la secretaría general del PSOE, el partido había caído a su punto más bajo en las encuestas, siete puntos por debajo de sus resultados del 2011, los peores de su historia. El PSOE estaba en el subsuelo, superado incluso por Podemos. Probablemente se deba más a la resistencia de sus simpatizantes que a la gestión de Sánchez, pero los socialistas han evitado el anunciado desastre en las urnas. Nadie habría imaginado unos meses antes que ahora estaría incluso en condiciones de acceder al Gobierno. En estrambóticas, e incluso peligrosas, condiciones, pero tiene una posibilidad en la que nadie creía, y menos que nadie Susana Díaz. La andaluza se negó a asumir la responsabilidad del partido cuando todos se lo imploraban. Prefirió quedarse a resguardo en Andalucía en vez de afrontar el duro desafío de evitar que el PSOE se despeñara. Prefirió dejarle ese marrón a otro. Y ahora, cuando el moribundo parece revivir, viene a reclamar su trono. Porque lo que de verdad hay detrás de esta extraña crisis no es una discrepancia de fondo sobre la política de pactos sino una lucha por el poder interno. Hay una cierta coincidencia general en el rechazo a Rajoy y, con los matices propios de las dos almas socialistas -la federal y la centralista-, también en la negativa a negociar un referendo de autodeterminación. Lo que de verdad moviliza a los barones levantiscos es evitar que Sánchez se asiente y gane poder. Es cierto que, según el listón que él mismo se puso en su entrevista a La Voz, ha fracasado. Pero no más que Susana Díaz, que ha perdido cinco puntos respecto al 2011 y ocho respeto a las autonómicas del 2012. Así que nadie puede sacar pecho, porque no tiene razones, solo excusas para disimular sus ambiciones.