Un presidente liberal ha acabado en manos de un partido anticapitalista
02 ene 2016 . Actualizado a las 05:00 h.El empate en la votación de la asamblea de la CUP del domingo pasado, en el que se decidía el futuro de la undécima legislatura de Cataluña, no se le hubiera ocurrido ni al más imaginativo de los guionistas de Polonia, el programa de sátira política de la televisión pública catalana. La igualdad a 1.515 sobre Mas sí, Mas no fue el último de una larga lista de acontecimientos cuanto menos extravagantes en los más de dos años de proceso soberanista liderado por Artur Mas. El siguiente esperpento podría producirse mañana, en la reunión del consejo político de la CUP, que si veta la investidura de Mas facilitará las cuartas elecciones en cinco años en Cataluña, un hecho sin precedentes en la democracia española. Pero si favorece su elección, también estará dando paso a otro sainete, como será el hecho de que la presidencia de la Generalitat de Cataluña sea casi coral y el jefe del Ejecutivo tenga que someterse a una moción de confianza en un plazo de un año con el riesgo elevado de perderla, porque su único respaldo posible volvería a ser el del partido antisistema.
Insólito fue también que el candidato a la presidencia de la Generalitat, el líder de Convergència, concurriera como número cuatro de la lista de Junts pel Sí a las elecciones autonómicas del 27S y que delegara en el cabeza de cartel, Raül Romeva, el cuerpo a cuerpo en los debates televisivos durante la campaña. Artur Mas tuvo que hacer encaje de bolillos para cuadrar la lista para las elecciones y para convencer a Esquerra para presentarse juntos en una misma candidatura, después de que durante toda la legislatura ERC efectuara la doble función, en ocasiones incomprensible, primero como socios del Gobierno de la Generalitat y al mismo tiempo como líderes de la oposición.
Extravagantes han sido asimismo los dos grandes hitos de la décima legislatura catalana: el 9N y el 27S. Como se suele decir, lo que mal empieza, mal acaba. Y todo arrancó con una pregunta doble para la consulta, que era de difícil interpretación y que excluía a una parte de la población. El enunciado decía: «¿Quiere que Cataluña sea un Estado?» y «en caso afirmativo, ¿quiere que sea un Estado independiente?». Solo los que dijeran sí a la primera opción podían responder a la segunda. Al final votaron 2,3 millones de catalanes (poco más de la mitad que en las autonómicas) en un sucedáneo de consulta que en último término recibió el calificativo de proceso participativo, nada que ver con el referendo prometido.
Las elecciones del 27S también fueron convocadas como un plebiscito, pero el independentismo no superó el 50 % de los votos (se quedó en el 47,8 %) y en cambio Junts pel Sí consideró legitimada su hoja de ruta hacia la secesión por la victoria en escaños. Sin embargo, el triunfo de la coalición de Convergència y Esquerra no fue por mayoría absoluta y, al depender de la CUP, facilitó que los anticapitalistas vendieran tan cara su piel que Mas ha tenido que ceder tanto en las negociaciones, como aprobar una declaración independentista, que inicia la ruptura y niega la autoridad del Constitucional, y asumir un programa social propio de la extrema izquierda y muy alejado de los planteamientos liberales de Convergència.