Hace veinte años diez millones de españoles votaron «por el cambio». La llegada del PSOE al poder supuso el final de la Transición y el comienzo de la actual etapa democrática.
26 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Minutos después de saludar por la ventana del hotel Palace a la multitud que celebraba en la calle la victoria aquella noche del 28 de octubre de 1982, Felipe González -Sevilla, 1942-, descendió a la sala en la que aguardaba la prensa e hizo un intencionado llamamiento a la serenidad. Era un mensaje velado a la banca, que temía una nacionalización; a la Iglesia, preocupada la posible descristianización de la política, al Ejército, en el que aún se escuchaba ruido de sables. González, que acababa de recibir el aval de diez millones de españoles -el mayor número de votos en la historia de la democracia- era quizás el más sorprendido por una victoria que, pese a estar prevista, sólo había sido pronosticada por su mano derecha, Alfonso Guerra. La campaña que llevó a González a la Moncloa había sido diseñada punto por punto por quien estaba destinado a ser el vicepresidente del primer gobierno socialista. Guerra había llamado a las puertas de los bancos de media Europa hasta reunir los 1.120 millones de pesetas que hicieron falta para financiar el despliegue: una avioneta alquilada y dos autobuses de dos pisos a disposición del candidato, tres caravanas festivas, doce millones de carteles, 5.000 ediciones del programa electoral y 150.000 militantes y simpatizantes dedicados a velar por el éxito de los 10.000 actos públicos que se celebraron en las distintas provincias. El cambio En los cuarenta mítines que pronunció a lo largo de diecinueve días, González repitió machaconamente unos pocos mensajes que sintetizaban el cambio: regeneración ética de la sociedad, moralizar la vida pública, recuperar el orgullo del trabajo bien hecho, igualdad de oportunidades en la educación -«que los niños sean juzgados por su inteligencia, no por la cartera de sus padres»-, la solidaridad entre las distintas regiones y la apertura de España al exterior. La superación de la crisis económica, que alcanzó ese año tintes dramáticos con una inflación del 14 por ciento y una tasa de desempleo del 17 por ciento, formaba parte también del núcleo del programa de González, que llegó a prometer la creación de 800.000 puestos de trabajo, medida imposible que se volvió rápidamente en su contra al aumentar en pocos meses la cifra de parados por la durísima reconversión industrial llevada a cabo. En frente, y con la UCD en la UVI política, los socialistas tuvieron como principal oponente a Manuel Fraga. Con el actual presidente de la Xunta no demostró González dotes de pitoniso: «Va siendo hora de apear del presupuesto nacional a algunas personas que llevan instaladas el poder no se sabe cuánto», exclamó el candidato socialista durante un mitin en Vigo. La sombra del golpismo planeó sobre la campaña electoral hasta el punto de que, apenas iniciada, el Gobierno de Calvo Sotelo abortó una intentona militar prevista para el día de reflexión. Los líderes de la asonada pretendían neutralizar y sustituir el mando militar y anular el poder político del Gobierno y de la Jefatura del Estado. González, que clamó a lo largo de la campaña por la primacía del poder civil y la necesidad de modernizar las Fuerzas Armadas, quiso tener un gesto con el Ejército y cinco días después de tomar posesión acudió a la sede de la División Acorazada Brunete, cuyo último jefe, el general Lago, acababa de ser asesinado por ETA. Era la primera vez que un jefe del Ejecutivo visitaba esta unidad de élite del Ejército. Debates brillantes El debate de investidura de González en el Parlamento se encuentra ya en la historia de la democracia española como uno de los más brillantes de todos los tiempos. En aquella época aún no se había extendido la práctica de las sevillanas políticas -ese discurso al que se han aficionado en los últimos años los representantes del pueblo, y que consiste en engarzar unas frases con otras a modo de seguidilla andaluza: «Estamos del lado de los demócratas. Y estamos del lado de los demócratas porque creemos en el Estado de derecho. Y creemos en el Estado de derecho porque...»-. Trece años después de aquella victoria, los socialistas abandonaron el poder dejando como legado la entrada de España en la UE, una completa reforma en el ordenamiento jurídico, un importante impulso al proceso de construcción autonómica y la separación de las Fuerzas Armadas de los núcleos de poder civil. Además se generalizó la protección de la salud, el derecho a la Seguridad Social y a la Educación. En las hemerotecas queda también un rosario de casos de corrupción que, unido a una grave crisis económica, acabó por facilitar la alternancia política en favor del Partido Popular.