Crónica política
11 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.La metida de pata en el caldero vasco del presidente de la patronal, Jose María Cuevas, ha vuelto a demostrar que es un grave error el modo con el que la derecha intransigente española afronta el problema euskaldun. Cuevas, que despues trató de maquillar su petición a Aznar -si se hace inevitable hay que suspender la autonomía vasca-, ha dado un balón de oxígeno impagable a Ibarretxe, cuyo plan de secesión por tiempos adolecía del apoyo del empresariado vasco. Ese empresariado está dividido ante la propuesta Ibarretxe, pero ha cerrado filas para oponerse a la intromisión de Cuevas. Hay que felicitar al presidente de la patronal que perdió ciertamente una gran ocasión para callarse. En realidad la posición de Cuevas (un presidente de empresarios que en realidad es un ex funcionario del extinto sindicato vertical del franquismo) enlaza con la cerrazón del dúo Aznar-Mayor Oreja, que ha facilitado al PNV en los últimos años el argumento principal para mantener sus insostenibles posiciones. Que no haya dudas: el nacionalismo vasco rompió con el Pacto de Lizarra (Estella) su alianza con los constitucionalistas españoles y trató de pactar con los radicales independentistas, los de la banda ETA incluidos, que allí estaban representados por persona jurídica interpuesta. A esa deslealtad con los demócratas españoles había que responder con contundencia, y tanto el PP como el PSOE así lo hicieron. Pero además de contundencia, hay que responder con inteligencia para evitar lo que Ramón Jáuregui llama «la inmensa capacidad del PNV para realimentar de victimismo el motor de su existencia». Un alto dirigente del PP que ocupó la Delegación del Gobierno en una comunidad autónoma importante, cuyo apellido debemos proteger de las iras monclovitas, señala a La Voz «el error clamoroso de la política de confrontación permanente impulsada por Mayor Oreja y Aznar, que llevó a la victoria de Ibarretxe el 13 de mayo del 2001». Ese lúcido dirigente apuesta por combinar firmeza con habilidad y diálogo, si es posible, en vez de mezclar intransigencia con cerrazón de miras. Nadie como el ex vicelendakari socialista Jáuregui -un hombre que merecería mejor posición en el equipo de Zapatero- lo ha expresado con mayor clarividencia hace sólo tres días: «El objetivo no es machacar a los nacionalistas vascos sino conseguir que los ciudadanos vascos rechacen la aventura extremista del nacionalismo. El objetivo es ganarles en Euskadi, y no ganar fuera lo que se pierde allí. Ésa es la batalla: ganar en Euskadi, no en España». En un brillante artículo, publicado en El País el pasado jueves, Jáuregui advierte de que «PP más PSOE es en Euskadi menos que PP y PSOE» y de que por eso conviene defender objetivos comunes con discursos y proyectos propios. Así, pide respetuosamente que el Partido Socialista de Euskadi pueda trasladar esa opinión a la ciudadanía «sin que el PP y sus aliados mediáticos trituren al PSOE en el debate nacional». Ibarretxe no lo tiene fácil, en contra de lo que presume. La cuarta parte de los empresarios vascos se está planteando trasladar definitivamente sus empresas fuera de la comunidad si el plan avanza. Un estudio del Instituto de Análisis Industrial y Financiero advierte que una tercera parte de la empresas vascas ya han ido situando otros centros de producción en el resto de España en los últimos años y que sólo un 10% de los empresarios, casi todos guipuzcoanos, expresa su apoyo al plan Ibarretxe. Mikel Buesa, parafraseando a Gabriel García Márquez, comenta ese estudio en el ABC así: «La compañía se va...», en alusión al rumor finalmente confirmado de que la mítica United Fruits Company se iba a marchar del Caribe colombiano después de una huelga y una matanza. Sin duda, las compañías se irán de Euskadi (y el éxodo ha comenzado ya discretamente) si Ibarretxe se sale con la suya. Pero tiene alguna posibilidad de conseguirlo con el apoyo de una parte minoritaria de la población manifiestamente independentista más algunos compañeros de viaje sorprendentes como los dirigentes de la IU vasca, felices en sus puestos de monaguillos gubernamentales en esa misa concelebrada del nacionalismo. Y, desde luego, aprovechando los errores de los partidos constitucionalistas y los dirigentes sociales como el ínclito Cuevas. La sucesión de Arzalluz Entretanto, en el seno del PNV se está librando una batalla interna para suceder a Arzalluz, amortizado después de un cuarto de siglo de poder despótico, batalla a la que optan, el portavoz del Gobierno vasco, Imaz, el portavoz del PNV, Egibar, y sorprendentemente el propio Arzalluz. Quizás quiera retirarse a media campaña a favor de Egibar, que es su pupilo o acaso quiera reeditarse a sí mismo en la línea que Cacharro Pardo le ha sugerido a Fraga. A Arzalluz le podría suceder lo que a Fraga hace siete años cuando anunció que se retiraría y Cuiña comenzó a correr la banda ansioso por saltar al césped electoral. El entonces presidente de los socialistas gallegos, Abel Caballero, nos confió por adelantado que sería candidato a la Xunta contra Fraga. «Será contra Cuiña porque Fraga ha dicho que se va», objetamos. Caballero insistió en que contra Fraga. Pregunta obligada: «¿Entonces, es que Fraga miente?». «No, no miente. Es que Fraga todavía no lo sabe». Abel Caballero acertó. Fraga aún no lo sabía y quizás Arzalluz ahora tampoco.