La delincuencia organizada está de enhorabuena. En pocos meses van a perder de vista a José Antonio Vázquez Taín y a Baltasar Garzón, dos de los personajes que más les han incordiado en los últimos tiempos. El año no podía acabar mejor para los grandes delincuentes de este país. Primero se enteran de que José Antonio Vázquez Taín, el juez revelación de los últimos años que desde un modesto juzgado gallego puso en evidencia que al gran narcotráfico también se le puede combatir con eficacia desde la periferia y que en Galicia -en ese sector al menos- ya no hay intocables, se incorporará en un mes a su nuevo destino en un juzgado de primera Instancia de Mataró, donde le aguardan 1.600 asuntos civiles pendientes de resolución judicial. Luego, o baja el ritmo de trabajo al que va habituado, o se va tener que dedicar al dolce far niente . Él quería seguir en Vilagarcía, donde nunca le iba a faltar trabajo en unos temas que, sin bien eran complejos y delicados, ya le empezaban a resultar familiares. Los resultados han sido espectaculares y esa puede ser precisamente la causa última por la cual no era conveniente que siguiese por ese camino, poniendo en evidencia las miserias de la Galicia luminosa. Pero se va. Más de uno, y no sólo en el bando de los malos , respira aliviado desde que le llegó la noticia. Pero el problema, para desgracia de la sociedad y regocijo de los delincuentes, no acaba ahí. Si el próximo martes no se produce ningún exabrupto del máximo órgano de gobierno de los jueces, el magistrado Baltasar Garzón dejará su actual destino como titular del Juzgado Central de Instrucción número cinco de la Audiencia Nacional para irse a Nueva York a dedicarse a la docencia y a la investigación. ¿Por qué ahora? El magistrado jiennense ya había amagado varias veces con hacer lo mismo en los 17 años que lleva en la Audiencia Nacional. Ofertas no le faltaron, algunas iguales o mejores que la actual. Resistió como pudo, pero «ya estaba harto», según explican gráficamente personas de su entorno. Harto, ¿de qué? De los menosprecios y de los revanchismos de unos y otros que nunca le han perdonado su condición de juez estrella , aunque en el fondo lo que no soportaban era su profesionalidad e independencia. Nunca se le ha perdonado lo del señor X ni el que haya salido a la calle a manifestarse contra la guerra, por ejemplo. Por eso y por muchas cosas más, cuando Clemente Auger dejó la presidencia de la Audiencia Nacional, no se la dieron a Garzón, que era uno los legítimos aspirantes, sino a Carlos Dívar. Pero aquello tampoco zanjó las cuentas pendientes y, más recientemente, el pasado mes de julio, cuando quedó vacante la presidencia de la Sala de lo Penal, se la dieron a Javier Gómez Bermúdez, un magistrado que había llegado a la casa cinco años antes como Juez Central de Menores y de Vigilancia Penitenciaria. Por esos y por otros muchos desplantes, menosprecios y expedientes disciplinarios de la más diversa índole que siempre acabaron en archivo, Garzón se va. Es más que previsible que no vuelva, pero una vez más, deja la puerta abierta al regreso porque, como buen torero de raza, aún no se ha cortado la coleta.