Prietas las filas, aunque no necesariamente recias y marciales, en torno a Mariano Rajoy . Ya era hora. Dos años y medio después de perder el Gobierno, el presidente del PP dispone del mayor consenso interno desde que asumió la dirección. Atrás quedan meses de bicefalia virtual en los que Génova decía una cosa y desde la FAES se replicaba otra, con el agravante de que, a continuación, la mitad de Génova se alineaba con la FAES. Aquello empezó así: pocas semanas después de las elecciones, al constituirse las Cámaras, Rajoy confió a Piqué : «Nombraré a Pío García Escudero portavoz en el Senado y a J avier Arenas para el Congreso». A las pocas horas se cumplió lo de Pío y se cambió lo de Arenas por Eduardo Zaplana . ¿Qué hubo por medio? Sería una mala noche de Rajoy o una indicación de Aznar o, como se cree mayoritariamente, ambas cosas concatenadas. Hoy es distinto afortunadamente para Rajoy, para el PP y para el país, que necesita una oposición centrada que sea alternancia de poder real para que, de paso, espabilen los que gobiernan. El propio Mariano se ha permitido decir bien claro estos días en su partido: «Yo no tengo que responder ante nadie». Es una de esas afirmaciones que contiene una doble información: la realidad actual y acaso la situación anterior en la que esa frase no era prudente pronunciarla. La conferencia de Ana Pastor esta semana en Madrid, en esos desayunos con los que la clase política azota casi todos los días a la clase empresarial y periodística, fue un discreto pero gráfico estreno de ese cierre de filas en torno a Mariano. Ponente, Ana Pastor, militante marianista, que no mariana. Asistentes: no estaba Rajoy porque a la misma hora tenía una entrevista y se excusó, pero en la mesa presidencial se sentaban Ángel Acebes , secretario general con el que Ana fue especialmente afectuosa; Esperanza Aguirre , que de mayor quiere ser Margaret Thatcher ; Alberto Ruiz Gallardón , superviviente nato y eterno candidato, y Manuel Fraga Iribarne que siempre reaparece en los momentos más necesarios para su partido, entre otros ex ministros y pesos pesados. Todas las miradas buscaban a Zaplana y alguien del público preguntó por su ausencia. La ponente respondió cortésmente que aquella mañana se estaban debatiendo los Presupuestos y había «muchos compañeros en otras tareas». Pero lo que allí se percibía plásticamente, el director de ABC , José Antonio Zarzalejos, lo había escrito en un artículo rotundo dos días antes titulado Inflexión en el PP. Y el propio Manuel Fraga así lo declaró, para los más duros de entendimiento: «Zaplana se equivocó al no apoyar a Arenas en el Estatuto andaluz». De la famosa «banda de los cuatro que ha tomado el PP», como denunciaba Pablo Sebastián en alusión a Zaplana, Acebes, Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos », sólo quedan tres, porque Acebes se ha pasado a la mayoría marianista. Él asegura que siempre estuvo ahí, pero, ciertamente, no lo parecía. En cuanto a Zaplana, los periodistas del Congreso están sorprendidos porque su presencia, antes abrumadora, ha disminuido sensiblemente. Su reciente viaje a las Américas con Aznar coincidió con esa inflexión aludida en el PP. Tenía razón Francisco Cacharro Pardo , en aquella respuesta que dio hace algún tiempo a este cronista cuando le preguntaba por la fórmula para mantenerse en el poder tantos años: «Mire usted, moverse del sitio es peligrosísimo». El fortalecimiento de la posición de Rajoy, que comenzó con la victoria interna de Núñez Feijoo en Galicia, la resistencia de Piqué en Cataluña y con la tranquilidad de que el referendo andaluz por el Estatuto no tiene ya riesgo para el PP, coincide con unas semanas poco brillantes de Zapatero. El presidente habla demasiado de ETA y baja a la arena, o no sale de ella, como si jugara personalmente la partida de cartas con Otegi en vez de enviar a gente cualificada a que jugaran por él, reservándose un poco. Cierto que el PP no ayuda y la gente interioriza la impresión de que harían cualquier cosa por evitar un paso positivo en el proceso de paz, pero cada vez hay más dirigentes socialistas que se preguntan, y ayer se habló de ello en el comité federal, si la conducción del proceso no es algo temeraria y si Zapatero no puede perder algunos puntos. Entretanto, en Cataluña el estilo Montilla se impone. Queda claro que, aunque su gobierno se asiente en un tripartito, cada consejero no será de su partido sino, ante todo, del Gobierno. Y que nadie dude de que quien se salga del guión se irá para casa. Ya anunciamos que Montilla sería mejor presidente que candidato, a lo que un lector habitual de esta crónica, Xoán Vázquez Mao , observa con razón: «Lo mismo leímos cuando se refería a Emilio Touriño en campaña electoral». Es cierto. ¿Pero acaso no se ha cumplido eso? Las encuestas de intención de voto advierten de una consolidación del presidente de la Xunta que aún puede reforzarse con un alcalde socialista en Vigo. Touriño cree que con Abel Caballero la primera ciudad de Galicia encontrará por fin el alcalde estable que anda buscando sin éxito desde que hay democracia. «Mejor cabeza estratégica para la ciudad no la encontraremos -sostiene un alto ejecutivo bancario- pero si Abel gobierna Vigo se perderá el mejor presidente del Puerto que nunca tuvimos». Ya, pero Vigo no es sólo un puerto.