Si la ONCE -afectada por la proliferación de loterías- anduviera un poco espabilada, podría recuperar recaudación a base de lanzar sorteos o quinielas semanales sobre la actualidad política. Una pregunta clave de esta semana sería ésta: ¿Pinchará el globo de la conspiración el ex director de la policía, Díaz de Mera , y se acabará la comedia de la coalición etarra-islámica- socialista para provocar los atentados del 11-M? Se admiten apuestas. Ya saben de que va: tres meses después del brutal atentado de Madrid, no había ninguna línea de investigación abierta sobre la relación de etarras e islamistas. Pero, de pronto, alguien inventó la conspiración. El periodista Pablo Sebastián, en el diario Abc , insinuó que la conspiración, que no contaba con el beneplácito de Rajoy , era animada por quien en el artículo se motejaba como la banda de los cuatro , a saber, Pedro Jota , Zaplana , Acebes y Federico . Cierto que, en un momento dado, Rajoy declaró solemnemente: «Hay que dejar atrás el 11-M y mirar hacia delante». Pero no le hicieron caso y siguieron adelante. «Descubrieron» que una mochila bomba había sido manipulada por la policía, lo que se demostró después que era una patraña, y veinte historias más. La gente no fanatizada ya sabe desde hace tiempo que todo responde a un interesado guión de ficción conspirativa pero, a base de machacar la mentira, hay personas que se lo creen, algunas supuestamente cultas, lo que sólo probaría su sectarismo o su cortedad. Un alto cargo de la Generalitat, emigrado de niño de León a Barcelona, contaba apesadumbrado a La Voz que el herrero de su pueblo cree a pies juntillas lo de la conspiración y no hay quien lo saque de ahí. «Me extrañó, porque lo tenía por un tipo listo y lo comprendí todo cuando me aclararon que, por un lío de antenas, en mi pueblo ahora sólo se sintoniza bien la Cope», se lamentaba el alto cargo. Pero el juicio del 11-M ha ido desmontando toda la teoría conspirativa punto por punto. Esta semana se llegaba al jaque mate con la declaración del ex director general de la Policía de entonces, Agustín Díaz de Mera. Incomprensiblemente, el actual eurodiputado del PP se negó a dar datos ante el tribunal y asumió el riesgo de una multa y un procesamiento vergonzante -su caso irá al Parlamento europeo- para seguir encubriendo a alguien que redactó, o no, un supuesto informe relacionando etarras e islamistas. El presidente del tribunal le ofreció diez minutos de receso para que reflexionara y pudiera, quizás, usar su teléfono. Pero lo rechazó. El eurodiputado metió al PP en un lío extraordinario: un destacado parlamentario, ex alto cargo del Gobierno Aznar , con Acebes como ministro, se niega a colaborar con la Justicia. Será un escándalo insostenible si la reflexión autoimpuesta por Díaz de Mera no lo resuelve satisfactoriamente. Rajoy ha sido claro: humanamente comprensivo con el personaje, pero rotundo al exigirle que colabore con la Justicia porque, de lo contrario, su partido pierde legitimidad constitucional y queda a la altura de los que exhiben deslealtad democrática, como los Otegis y compañía. Rajoy sí, de nuevo, ha estado a la altura de lo que se espera de él, pero algunos de la dirección popular está por ver. Sólo se sabe que todos han hablado con el atribulado personaje pero la quiniela virtual citada podría plantear hasta catorce incógnitas de las que sólo sabemos que Rajoy ha puesto un «uno», un «si» rotundo, a la pregunta de si hay que colaborar con el tribunal. ¿Les interesa a los conspiradores que diga la verdad? Seguro que es un «dos», un «no». ¿Le animará su ex jefe y amigo Acebes a que colabore? El pronóstico es una «equis», a pesar de que se le suponga un «dos», pero ya veremos. ¿Le dijo por teléfono Zaplana que, ante todo, que resplandezca la verdad? Ustedes mismos. Entretanto, Zapatero contraataca con café en televisión, cuando con esa metida de pata de un destacado eurodiputado popular podría recurrir a bebidas más fuertes. En un programa televisivo innovador, Cien preguntas al presidente , Zapatero intentó recuperar popularidad, pero de momento sólo sabemos, por los datos de audiencia, que cosechó gran expectación. En la Moncloa están muy satisfechos con su actuación, pero algo menos en su partido, donde creen que hubiera podido recuperar más, si sus respuestas hubieran sido menos técnicas y aligeradas de datos macroeconómicos. El programa pasará a la historia, sin embargo, por la pregunta «¿Cuánto cuesta un café?» que ZP respondió con los famosos «80 céntimos». Quienes pagan más, que son muchos, y entre ellos los que tienen micrófono, armaron un lío, aunque es verdad que en el Congreso, que es donde hace tres años Zapatero debió pagar su último café, todavía vale 70. Y, según el presidente, en León menos. Dependerá, hubiera podido responder, de la categoría del establecimiento. Así anda la clase política. El PP jugando a emociones judiciales que exigirían supuestamente bebidas fuertes; Zapatero, contraatacando solo con café, y Montilla , que sólo bebe agua, tentado de meterle un viaje a la botella de Aromas de Montserrat porque ha reaparecido la gente de Carod Rovira chapoteando en el antiguo «oasis catalán». Y todos mirando de reojo hacia el País Vasco, donde ETA se reorganiza -aunque la Guardia Civil desarticuló un comando listo para atentar- y Otegi le echa pulsos hasta a Garzón.