Una locomotora bien engrasada

Joaquín Merino MADRID

ESPAÑA

Crítica | Gastronomía COMER EN ESPAÑA: La Máquina de La Moraleja Los amplios ventanales se asoman al pinarejo, resulta sosegante la decoración y la calidad de los manjares, con singulares innovaciones, refuerza el trade-mark de la casa

03 may 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

Hablé hace poco de otro restaurante de la familia Tejedor, a su vez recién inaugurado, pero ello no obsta para que vuelva a escribir hoy de un establecimiento del mismo grupo, pues no sólo me parece justo y necesario informar a mis amadísimos lectores/as de las novedades acaecidas, sino que en este caso concreto mi veneración hacia la sacrosante gastronomía haría imperdonable cualquier demora. Y es que resulta que en esta nueva Máquina (Plaza de la Moraleja, Alcobendas, Madrid, tno. 916 585 297) se come divinamente. Por si fuera poco, encontramos una amplísima gama de posibilidades coquinarias inéditas, todas ellas sabrosísimas y ni siquiera a precios disparatados: si pensamos que esta Máquina y su hermana mayor en Sor Ángela de la Cruz se consideran herederas de la vieja Máquina de Lugones (Asturias) donde sólo daban de comer fabada y arroz con leche, el milagro resulta todavía mayor. Ciento veinte plazas de aforo, cómodo aforo, con comedores de fumadores y no fumadores nítidamente separados y estancos, delicioso «privé», en el que seis comensales pueden sentirse como reyes y ocho al menos como príncipes, con la curiosa peculiaridad de que si el cliente desea todavía más privacidad da a un interruptor y el cristal que comunica con otra sala mayor se convierte en esmerilado: ya somos «invisibles», como Tom Cruise en su limousine de cristales tintados. La sobria y hermosa decoración en marrón y beige de los comedores, a las órdenes éstos de Quiko Simarro, produce sosiego, y el bodegón frutal de Úrculo lo incrementa. La próxima inauguración de las terrazas exteriores, provistas de lounge bar , multiplicarán el aforo. Y la comida, todo un delirio: a la tradicional frescura de los mariscos (¡cómo estaban aquellas ostriñas!), y la exquisitez de los guisos (la fabada, los callos a la asturiana) siguen tentando a sus numerosos adeptos, entre los que me cuento, pero en la nueva carta encontramos también un apartado delicioso, «nuestros fritos en aceite de oliva y pescados comprados a diario en la lonja de Isla Cristina». Boquerones, cazón, chopitos¿ y unas colas de cigalas en tempura sobre las que me abalanzo, babeante: son como primas aristócratas de las gambas con gabardina, una maravilla. En la sección «para picar» reencuentro, en contrapartida, las añoradas croquetas de merluza de mi niñez, ricas-ricas. Y, claro, una cosa lleva a la otra y no tengo más remedio que ponerme ciego de ensaladilla. Enseguida descubriré y haré míos el steak tartar de lomo de atún rojo y la ventrisca de idem (toro) de almadraba de Barbate, despiezado y congelado a 60 grados. Y es que, ¡santo cielo!, la antañona Máquina se deja tentar aquí por la ancestral cocina nipona y, por cierto, le sale de maravilla. Javier Tejedor, joven líder del imperio del sol creciente familiar, me dice que va a «bajar» a Barbate a por más ejemplares de su reserva particular, gloria bendita. Inmensamente atractiva es también, ¡maldito espacio!, la pequeña barra, que nos transporta a Donosti...