Que la salida de Josep Piqué duele y se puede indigestar viene probado por los recursos políticos y mediáticos que se emplean para borrarlo del mapa. Una legión de comentaristas procede, en medios afectos, a la trituración del ex ministro, al que se acusa de mala cosecha electoral. Al tiempo, la dirección del PP anuncia que, gracias a los cambios, se conseguirán magníficos resultados en Cataluña. Está por ver. En las últimas elecciones catalanas el Partido Popular sacó sólo 14 diputados de los 135 del Parlamento. Es poco, pero sólo bajó uno. Y bajar uno después de lo que había sucedido con el Estatut y de que el PP lo llevara al Tribunal Constitucional era un éxito y no un fracaso, aunque eso sólo se probará en las próximas elecciones. ¿O no recuerdan la euforia del PP catalán y de su dirección nacional en aquel difícil momento? Es más: sin la comparecencia de Ciutadans que obtuvo tres escaños, el PP catalán con Piqué al frente hubiera obtenido 16, uno más que cuatro años antes. El análisis demoscópico es rotundo. Ciutadans, partido animado por la extrema derecha mediática, en este caso de signo especialmente anticatalán, robó un diputado al PSC y dos al PP. Por tanto, que el PP mejorará en Cataluña sin Piqué, sin ser descartable, es muy difícil. Entre otras cosas, porque nunca tuvo buenos resultados. En las elecciones del 2000, las de la mayoría absoluta de Aznar, logró por primera vez en su historia un diputado nacional en Gerona. Hasta Ana Botella tuvo que implicarse en la campaña. Era un partido nacional que no conseguía meter gol en una provincia española. Decirle a Piqué que saca poco es muy cómodo desde Ávila, Valencia o Madrid. Pero después hay que ir allí y abrirse paso entre un PSC consolidado que en las nacionales arrasa, una Convergencia que retiene poder, una Esquerra que sorprende y un partido ex comunista, Iniciativa, que es la mitad del grupo parlamentario de IU. Cinco partidos con diputados en todas las legislaturas, en Madrid y en el Parlament. La esperanza del PP nacional es que el trago amargo pase pronto. De momento hay que decir, como si de una ironía se tratara, que el propio Jesús de Polanco , al que Dios ha llamado justo en medio de esta crisis, habrá contribuido hoy a tapar el fiasco Piqué en las portadas. La dirección de los populares, que tan enfrentada estaba al editor, debería reconocérselo. Está donde estaba Para las próximas elecciones es más difícil. No porque se espere de Piqué una pirueta política y su reaparición. Es que Piqué está donde estaba, en la sociedad civil catalana de forma destacada: entre el empresariado, el Círculo de Economía, el palco del Nou Camp y los ambientes influyentes de la Cataluña con poder. Ahí es donde encandiló a Aznar y a Rato . Piqué no era «un capricho de Aznar», como escribió ayer Manuel Martin Ferrand , que aprovechaba con dureza para tildar a Rajoy como el «indeciso mayor del Reino». Más acertada es la descripción de un dirigente nacional del PP, que afirmaba a este periódico: «Una cosa es ser ministro y otra presidente de tu partido porque ahí te tienes que definir ideológicamente y Piqué estaba más cerca de Convergència. Pero sin perder de vista que él, política aparte, siempre estuvo más en la sociedad civil que en el partido». Brillante análisis al que sólo cabe apostillar: lo extraño es que haya resistido tanto. Nada de caprichos. Piqué mantendrá una gran consideración de la Cataluña industrial y financiera, y será, sin hacer política, la imagen del PP que intentó y no pudo sacar adelante. Y, en consecuencia, el PP españolista, que por cierto lo es también mayoritariamente en el sentido futbolístico de la expresión, quedará dibujado en contraposición a él. Y ahí hay un riesgo de indigestión. Rato que lo convenció para que fuera ministro habrá observado con preocupación esa pérdida. Una parte del PP también, porque Piqué era la imagen del centro popular y las elecciones se ganan desde ahí. Por eso Mariano está preocupado.