Con una mentalidad de vacas gordas y escasa o nula experiencia en gestión de?crisis, hemos entrado en las turbulencias sin tiempo para ajustarnos el cinturón
07 sep 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Estamos en una situación insólita para casi la mitad de la población española que no recuerda la crisis del 73, cuando se decía que estallaría la tercera guerra mundial si el barril de crudo llegaba a los 60 dólares. Es una situación nueva, además, porque la mitad de los directivos empresariales y políticos no estaban en puestos de alta responsabilidad en el 93 cuando el paro se disparó coincidiendo con el último Gobierno de Felipe González. Hay un vago o nulo recuerdo de la crisis de los 70 y pocos gestores de la de 20 años después. El paso del tiempo y las prejubilaciones anticipadas han minado el capital humano con experiencia en tiempos difíciles.
Con esa mentalidad de vacas gordas y escasa o nula experiencia en gestión de crisis, hemos entrado en las turbulencias sin tiempo, para muchas familias y empresas, de ajustarse el cinturón. España vive ya en números rojos en casi todos sus indicadores, desde el paro a la producción industrial, desde la matriculación de vehículos al déficit exterior. Lo más destacado en estos días ha sido la voz de alarma de los ayuntamientos: con la construcción congelada y la población progresivamente en paro, bajan los ingresos y crece la demanda de ayuda. Pedro Solbes, impertérrito, no permite que siga creciendo el endeudamiento. Las comunidades autónomas siguen exigiendo dinero. Montilla ha pedido a sus diputados y senadores que «reclamen la financiación, pero sin testosterona». No están los tiempos para ruidos excesivos ni para frases desafortunadas.
El ministro Celestino Corbacho ha aprendido algo de eso esta misma semana. Le recriminan los sindicatos que cada vez que habla mezcla paro e inmigración y hasta Zapatero y Fernández de la Vega le han pedido prudencia. «Esa frase no se dice», le trasladó la vicepresidenta en alusión a eso de que «la contratación en origen de trabajadores emigrantes se aproximará a cero». Corbacho concedió en la Ser que «algo no debí decir bien porque se ha entendido otra cosa». Es solo un incidente, una expresión del desconcierto informativo con que el Gobierno está viviendo esta situación nueva de una España en números rojos y el anuncio de que el año que viene será peor. Lo certifican todas las previsiones.
Pero no solo hay datos económicos negativos sino también sociológicos. «Aceptar la crisis ahora será mucho más difícil que en el 73, porque el nivel de vida en España entonces era más bajo. Mis padres se conformaban con menos y ahora, especialmente los más jóvenes, están acostumbrados a consumir sin límites», analiza con acierto la diputada asturiana del PP Alejandra Cuétara. Eso no se refleja en las estadísticas, pero es muy relevante.
Entretanto, el Gobierno anuncia una nueva ley del aborto, no una reforma de la existente, y le encarga a la ministra Bibiana Aído que reúna a expertos cualificados para estudiarla. Esteban González Pons, excelente comunicador a quien su partido debería darle más minutos de juego, coloca un titular para la polémica: «Sería llamativo que el Gobierno sacara ahora lo de la ley del aborto para tapar el debate sobre la crisis económica». La joven ministra, que hizo el anuncio en un tono moderado reclamando «un debate sosegado, serio y de altura», replica: «El debate económico seguirá su curso, pero el Gobierno no puede detener el avance en otros asuntos de interés para la ciudadanía».
Viene un invierno duro. Zapatero, como ya adelantamos, salvará el primer asalto , el de los Presupuestos del Estado, pactando con el PNV y el BNG. Los partidos catalanes quedan esta vez en la orilla y Duran i Lleida, voz sensata aunque poco potente, propone a su partido que «sin complejos y siempre que sea útil para los intereses de Cataluña», si hay que entrar en el Gobierno de Madrid, que se entre. Es su último tren personal, o volverá al despacho de abogados de su suegro. Pero dice verdades rotundas a sus socios de Convergencia: «recrearnos constantemente en la insatisfacción, no conduce a nada». Con el vértigo de los números en contra, la batalla política se anuncia sobre todo en el ámbito comunicativo. Los dos grandes partidos se preparan para ella.