El presidente valenciano es preso de su afirmación de que pagó sus trajes, algo que le puede costar el cargo si se demuestra falso, al margen de que sea condenado o no
12 jul 2009 . Actualizado a las 02:00 h.El 10 de marzo del 2009, el juez Baltasar Garzón llevaba un mes investigando el caso Gürtel. Pero el presidente valenciano, Francisco Camps, todavía comparecía en público. Aquel día, en un distinguido hotel madrileño y ante la élite social y económica, se le preguntó a bocajarro: «Señor Camps, ¿se paga usted usted los trajes?». «Yo me pago mis trajes», fue su categórica respuesta.
Cuatro meses después, se entiende su mutismo total sobre el caso, porque son precisamente esas palabras, «yo me pago mis trajes», las que le pueden costar el cargo, más allá de que sea condenado o no por un delito de cohecho. Cuando pronunció aquella frase, Camps consideraba imposible verse como se ve ahora a las puertas de sentarse en el banquillo. Y no pasaba por su cabeza el tener que demostrar su afirmación en sede judicial. En el PP daban por hecho que decía la verdad. No sería la primera vez que un presidente autonómico es sobornado en España -el navarro Urralburu llegó a ser condenado a prisión por cohecho- pero resultaba impensable que alguien se vendiera por tres trajes.
Hasta hace muy poco, el presidente valenciano se sentía tan seguro que ni siquiera consideraba necesario elaborar una estrategia de defensa. Con la convicción de que no sería llevado a juicio, le bastaba simplemente con negar los hechos sin dar ninguna otra explicación. Eso es lo que ha hecho hasta ahora. En repetidas ocasiones aseguró en el Parlamento valenciano que no tenía nada que ver con la trama de corrupción del caso Gürtel. Pero jamás explicó cómo se pagaron los trajes.
Error de cálculo
Pero el error de cálculo puede resultarle fatal. Con lo que no contaba Camps es con que los indicios contra él no se basaban exclusivamente en las declaraciones del sastre José Tomás. Ignoraba que el juez disponía de muchos otros argumentos de convicción. De haberlo sabido, es muy probable que hubiera escogido un camino diferente.
Camps se ve hoy en la encrucijada de enfrentarse a un incierto proceso judicial en el que le hubiera resultado relativamente fácil salir bien parado. O por lo menos disminuir la carga contra él con otros argumentos. Le hubiera bastado reconocer que Álvaro Pérez, el Bigotes, era amigo suyo. Y que le había regalado los trajes como muestra de afecto sin ninguna relación con su cargo. Que simplemente había cometido un error. Pero ahora es preso de sus palabras: «yo me pago mis trajes». Y se ve obligado a defenderse de esa afirmación. Por eso, su abogado insistirá este martes ante el juez en que pagó en metálico la ropa. Así lo sostuvo en su primera comparecencia judicial. El problema es que ni él tiene el tique de pago ni aparece en la tienda. Ante esa evidencia, Camps se lo va a jugar todo a un cartucho. Ahora ya no dice que pagó en metálico la factura los trajes, sino que le dio el dinero al sastre y que este pudo quedárselo. No es mala argucia. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿dónde está el tique?