Joaquín Ruiz-Giménez, primer defensor del pueblo y uno de los impulsores de la democracia, pese a sus inicios franquistas, falleció de un infarto cerebral a los 96 años
28 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Joaquín Ruiz-Giménez murió ayer a los 96 años en Madrid víctima de un infarto cerebral. En su larga trayectoria política e intelectual conoció las mieles y las hieles de la actividad pública. Franquista convencido en los primeros años de la posguerra civil, se desencantó en la década de los cincuenta, abrazó el ideario demócrata cristiano en los sesenta, fue faro intelectual en los estertores de la dictadura y albores de la transición, fracasó en las primeras elecciones democráticas de 1977, se convirtió en 1982 en el primer defensor del pueblo y se retiró de la política para dedicarse a la defensa de los derechos humanos.
Ruiz-Giménez tuvo un destacado papel en el parto de la democracia, pero no sacó rédito político del alumbramiento. Compartió reuniones y conspiraciones con Felipe González, Alfonso Guerra, Santiago Carrillo y Enrique Tierno Galván en los últimos años de la dictadura, pero con la llegada de la democracia su nombre pasó a segundo plano, hasta que los socialistas rescataron su nombre para convertirlo en el primer defensor del pueblo.
En aquellos años ochenta, España trataba de homologar su cartel político al de los países europeos, en los que la izquierda estaba dominada por los socialistas, pero con un Partido Comunista poderoso. La democracia cristiana era por aquel entonces hegemónica en la derecha. Poco a poco la correlación de fuerzas de la izquierda europea se trasladó a España, pero no pasó lo mismo con la derecha. Ese espacio fue ocupado por un partido inventado por los sectores aperturistas de la dictadura, Unión de Centro Democrático y, en menor medida, por los nostálgicos del régimen, aglutinados en Alianza Popular. La democracia cristiana desapareció.
Ruiz-Giménez fue un referente intelectual de los demócratas en la agonía del franquismo desde su revista Cuadernos para el Diálogo, fundada en 1963 y que en sus 15 años de vida acogió la firma de un sinfín de futuros líderes políticos, sindicales e intelectuales. Al mismo tiempo, se empleó a fondo en la creación y desarrollo de la Plataforma de Convergencia Democrática, ente que reunía, entre otros, a socialistas y democristianos, y que fusionó con la Junta Democrática de los comunistas y los socialistas de Tierno Galván en 1976. El fruto de aquella unión fue la Platajunta que negoció con Adolfo Suárez, a la sazón presidente del Gobierno, los términos de la reforma política.
Sin embargo, las primeras elecciones en 1977 fueron la tumba política de los democristianos. Ruiz-Giménez encabezó la lista por Madrid y, contra pronóstico, no consiguió el escaño. Se refugió en su cátedra de la Universidad Complutense de Madrid, hasta que en el 82 Felipe González acudió en su busca. Fue defensor del pueblo hasta 1987 y se retiró de la política para volcarse en la defensa de los derechos humanos desde organizaciones como la Comisión Española de Ayuda al Refugiado y el Comité Europeo contra el Racismo, la Xenofobia, el Antisemitismo y la Intolerancia.
Nada había en sus orígenes políticos que hiciera pensar que aquel doctor en Derecho por la extinta Universidad de San Bernardo iba a tomar esos derroteros. Combatió en la Guerra Civil en el bando franquista y al poco de acabar la contienda fue designado concejal de Madrid. Fue coautor del Fuero de los Españoles, una de las leyes fundamentales del Movimiento y embajador ante la Santa Sede en 1948, y sentó las bases de la negociación del Concordato, hasta que fue llamado a Madrid para ser ministro de Educación en 1951. Los disturbios universitarios de 1956 motivaron su destitución y distanciamiento del régimen.
El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se sumó a las numerosas voces públicas que resaltaron ayer la huella dejada en la historia de España por Ruiz-Giménez, de quien muchos destacaron su labor imprescindible para el advenimiento de la democracia. Zapatero recalcó además, el legado «de extraordinario valor cívico» que el político ha dejado tras de sí.