La tropelía de los controladores, una minoría de privilegiados, constituye un golpe para un país que ahora mismo transmite la imagen de ingobernable y poco fiable
05 dic 2010 . Actualizado a las 02:00 h.La tropelía de los controladores aéreos, insensibles ante los daños económicos, morales y emocionales a centenares de miles de pasajeros, tiene una consecuencia intangible pero de extraordinario valor: asestar un durísimo golpe a la marca España. Solo nos faltaba esto. Con el prestigio del país cogido con alfileres en los mercados internacionales y con la confianza en entredicho, unos centenares de profesionales sin escrúpulos arrasan con todo y desconectan España del tráfico aéreo doméstico e internacional.
España da la sensación de país ingobernable, bananero, del que cuesta fiarse porque su regulación de los derechos, incluido el de huelga, se lo saltan en forma de protesta salvaje una minoría de privilegiados. Todos los esfuerzos de tantas empresas y de profesionales del comercio exterior, empañados por una imagen de caos. Todas las campañas, brillantes por lo general, del ICEX (Instituto de Comercio Exterior), arruinadas por un mensaje de inseguridad.
España, gracias a los controladores es ahora menos fiable. El país, con los mecanismos legales pertinentes, debería tenerles en cuenta el daño infligido y resolver esa amenaza permanente de desestabilización.
Imagen
El jueves, el presidente andaluz José Antonio Griñán había proclamado en Madrid la necesidad de relanzar el «valor España» en el mundo. «Cuenten con Andalucía para ello porque cuanto más fuerte sea la imagen de España, mejor para Andalucía».
En una interesante conferencia que alguna prensa catalana redujo a su oposición al concierto económico que reclama Artur Mas , Griñán hizo un cántico al consenso y a la nostalgia de la transición. «Solo con consenso renovaremos el Pacto de Toledo relativo a las pensiones y solo así se podrá reformar lo necesario, incluida la Constitución, si fuera preciso», añadió.
Ni imaginamos lo que está costando esta protesta salvaje. Los primeros cálculos se refieren a líneas aéreas y hoteles, pero hay empresas que contaban con el empujón de los ingresos del puente para llegar, aunque angustiadas, a fin de año. José María Iñigo , popular periodista, lo cuenta gráficamente: «Mi hijo trabaja en un tour operador. Habían vendido y pagado miles de billetes y plazas de hotel. Lo más probable es que después de esto mi hijo pierda el trabajo porque es un golpe a una situación delicada». Es solo un ejemplo.
Políticamente la factura será muy abultada. Por suerte, el presidente Zapatero había anulado su viaje a la Cumbre Iberoamericana o se hubiera quedado fuera de España en momentos tan intensos. Hay quien dice que los instigadores de la sublevación aérea buscaban eso, solo que Zapatero a última hora se quedó aquí. El ridículo de un país presuntamente moderno doblegado por unos pocos desaprensivos hubiera sido máximo.
En una ocasión me sorprendió entrevistar en TVE al presidente salvadoreño Napoleón Duarte con dos docenas de generales y almirantes de pie en el plató. Comentada la escena al presidente Felipe González , explicó: «Esos mandatarios se llevan de viaje a la cúpula militar para que no los derroquen en su ausencia». Aquí, conjurado el riesgo de una intervención militar temida durante años, resulta que el golpe de Estado lo da un grupo de profesionales escasamente formados y extraordinariamente bien pagados. Acaso debamos reformar bastantes más cosas de las que pensamos.
Desespero
En cuanto a la crónica política, el gravísimo incidente ha arramblado con todo: la digestión de las elecciones catalanas -moderación de Artur Mas y rebelión de jóvenes dirigentes del PSC para cambiar las cosas-, el desespero de alcaldes que no llegan a fin de mes en su ayuntamiento y el desafortunado golpe a los más desfavorecidos retirando la mísera prestación de 426 euros a los que ya no pueden cobrar el seguro de desempleo.
El miércoles por la noche al conocerse el anuncio, el candidato socialista a una comunidad autónoma confesaba su desespero: «Tengo ganas de llorar, primero de pena por esa pobre gente, pero también porque esto me ha dejado sin habla. Es la primera vez que me llaman cinco medios y no sé qué responder». No es para menos.