Zapatero reclama su derecho a culminar las reformas contra la crisis y trata de impulsar la candidatura de Rubalcaba con guiños a la izquierda y al movimiento de los indignados
29 jun 2011 . Actualizado a las 09:40 h.Fue un enfrentamiento tan duro como vacío de contenido. Si algo dejó claro el último debate de la nación entre Zapatero y Rajoy es que la legislatura está agotada y que la fecha de las elecciones ya solo depende del interés político del Gobierno. El de Zapatero fue un discurso con claros aires de despedida, a pesar de lo cual quiso dar la imagen de que seguirá gobernando hasta el final. Frente a un Rajoy que le exigió con terquedad el adelanto de las elecciones, defendió su derecho a culminar las reformas en marcha, aunque no aseguró en ningún momento que agotará la legislatura y dejó ver que el posible adelanto depende de que cuente con apoyos en el Parlamento.
A diferencia del discurso del año pasado, en el que anunció duros recortes, Zapatero no exigió ayer ningún nuevo sacrificio a los ciudadanos. Al contrario, anunció medidas de protección a quienes no pueden pagar la hipoteca y ni siquiera pueden saldar sus créditos entregando sus viviendas a los bancos. Un claro guiño a los indignados, que, según dijo, forman parte de la «fisiología» y no de la «patología» del modelo de convivencia, y un impulso a la candidatura de Rubalcaba con un giro a la izquierda. Como lo fue también su afirmación de que el Gobierno congeló las pensiones «solo por este año», dando a entender que el año próximo se revalorizarán.
Techo de gasto autonómico
Entre las escasas novedades, anunció la creación de una nueva línea de créditos del ICO para que los ayuntamientos puedan hacer frente a los pagos a sus proveedores y también que propondrá en el Consejo de Política Fiscal y Financiera la aprobación de una «regla» de gasto para las autonomías.
Pese a la insistencia de Rajoy en darlo por amortizado, Zapatero se creció en la réplica, en la que llegó a acusar al líder de la oposición de ser «el perfecto pero del hortelano, que ni apoya ni propone nada». «¿Además de pedir elecciones qué?», se preguntó. «Nada de nada», se contestó él mismo. Esa fue la constante del debate. Un presidente que retaba en todo momento a Rajoy a hacer públicas sus propuestas y a pronunciarse sobre las reformas emprendidas y un líder del PP que no se salía del guion de mostrar los pésimos datos económicos y de acusar a Zapatero de poner excusas para ocultar su responsabilidad.
Zapatero acusó también a Rajoy de mentir sobre las cifras de la evolución de la riqueza en España y aseguró por el contrario que la deuda en relación con el PIB está muy por debajo de la que mantienen países como Alemania, Francia o el Reino Unido. Situó el origen de todos los problemas de España en la burbuja del ladrillo heredada del Gobierno de Aznar y en el crac financiero internacional, y resaltó la necesidad de modificar el modelo productivo. De hecho, el presidente dedicó mucho más tiempo a explicar las causas de una crisis que lo obligó a cambiar su política económica que a defender las reformas que ha emprendido para solucionarla.
Su discurso apenas dejó espacio a la autocrítica y sonó por momentos excesivamente optimista. Admitió que la cifra de paro es «inasumible» y que el desempleo no está todavía en vías de solución, pero destacó datos positivos, como el crecimiento de las exportaciones, el aumento del turismo o el hecho de que España enlace cinco trimestres seguidos de crecimiento, por mínimo que sea. Y en su afán por negar también la acusación de Rajoy de haber realizado el mayor recorte de derechos sociales de la democracia, llegó a afirmar que antes de su llegada al Gobierno los ciudadanos no tenían derecho a las becas.
El debate de guante blanco con los nacionalistas de CiU y PNV dejó claro que Zapatero cuenta con ellos para aprobar las reformas pendientes.