O lo paran o los desahucian del poder a ellos

Manuel Campo Vidal

ESPAÑA

Las crónicas adelantaron la imagen de los hombres de negro que llegarían desde Europa para intervenir España y el país se estremeció

11 nov 2012 . Actualizado a las 17:33 h.

Las crónicas adelantaron la imagen de los hombres de negro que llegarían desde Europa para intervenir España y el país se estremeció. Pero mientras llegan, o no, como diría Rajoy, diariamente más de doscientas comitivas funestas de hombres de negro, o de gris, llaman al timbre y con ayuda de la fuerza pública, si es preciso, desalojan a los vecinos que no pueden con su hipoteca. Tanto da que haya allí ancianos, niños o parejas desesperadas por su infortunio. La letra pequeña de las hipotecas dice eso y se aplica sin conmiseración. Los ejecutivos bancarios que dan la orden a distancia sin asistir a las ejecuciones judiciales, porque siempre es desagradable bajar al barro, piden al tiempo toneladas de auxilio económico al resto de los españoles. Es una injusticia tan hiriente que cualquier día incendiará el país.

Hace algunas semanas ya escribimos en esta crónica que en los sectores más inteligentes del Gobierno, que alguno hay, se teme que la chispa que incendiará el malestar popular pudiera ser un ciudadano inmolado en la calle, como el que se quemó en Grecia iniciando la protesta. O una fecha, como el 25 de septiembre, en la que estaba previsto el asalto, que después quedó en cerco, del Congreso de los Diputados. Hace dos días la chispa se inició con el suicidio de una ciudadana vasca, exconcejal socialista, que se arrojó desde la ventana de su casa en Baracaldo cuando los hombres de negro del juzgado llamaron al timbre. A esa hora -quizás les salvó eso-, PP y PSOE estaban estudiando una moratoria en los desahucios. Con esa tragedia -algo enigmática, cierto, porque el matrimonio tenía trabajo y el marido no sabía nada del desahucio-, el acuerdo de mañana está garantizado. Rajoy, en Lérida, lo adelantó el viernes por la noche: «Estamos viviendo cosas terribles, inhumanas». O los grandes partidos paran esto o la ciudadanía los desahuciarán del poder sin remisión.

La profundidad y la duración de la crisis no respeta nada. Todas las líneas rojas se saltaron ya y tan solo la formidable solidaridad popular -vean el trabajo de Cáritas, Cruz Roja y otras organizaciones de ayuda- amortiguan la difícil realidad. Las familias constituyeron el primer colchón, pero una parte de ellas ya agotan sus ahorros, empleados en socorrer a hijos y nietos.

Mientras todo esto sucede, la dirección de los partidos políticos está en otra cosa: los socialistas, divididos sobre su liderazgo futuro; los populares, desconcertados ante la ingenuidad que supuso pensar que bastaba con ganar las elecciones ellos para que todo se arreglara; los nacionalistas, a lo suyo, que suele ser monotemático, y los extremistas de cualquier signo lanzando soflamas que la ciudadanía por lo general no compra. La tentación populista mengua tras el fracaso de Álvarez Cascos y Mario Conde en las urnas, la dimisión de Esperanza Aguirre e incluso el chasco de los republicanos en Estados Unidos. De haber ganado Romney, hoy estaríamos soportando una nueva cruzada de ultraconservadurismo en cualquier variedad integrista.

Cualquier respuesta política convencional se contempla con escepticismo por un país al que la gravedad del día a día conmociona. La chispa está por llegar. El viernes pasado saltó con el suicidio de Baracaldo, pero no prendió. Bomberos del PP y del PSOE actuaron diligentemente. Todavía hay rescoldos. O los apagan definitivamente en pocos días, deteniendo los desahucios y modificando la durísima Ley Hipotecaria, o el incendio puede devorarlos, al margen de si en las elecciones catalanas del 25-N las cosas van bien o mal. El fondo que se debate es otra cosa y en el fuego pueden perecer todos ellos, incluidos los nacionalistas.

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