El presidente gallego es ajeno al mandato de Fraga en el partido, pero Rajoy ya estaba con Aznar
04 feb 2013 . Actualizado a las 18:32 h.«Las irregularidades eran obvias. En cuanto me informaron de ellas, lo mandamos al diablo con una patada en el trasero». Eso es lo que me dijo Manuel Fraga en su despacho del Senado, en noviembre del 2009, cuando el estallido del caso Gürtel dejó claro que el exsecretario de Organización del Partido Popular de Galicia Pablo Crespo manejaba una presunta contabilidad B y se repartía con Luis Bárcenas las comisiones que le mordían a la trama de Francisco Correa por organizar actos y mítines del PPdeG. Lo más increíble es que, pese a que Fraga reconocía en aquella entrevista que publicó La Voz que supo de aquellos manejos, de los que, según me dijo, le informó Xesús Palmou, nadie excepto este periódico le pidió explicaciones.
Cuánto le habría gustado a Mariano Rajoy poder despachar a Bárcenas con la displicencia de Fraga. ¿Se lo imaginan? «Me informaron de que Bárcenas era un chorizo y lo mandé al diablo. Y no tengo nada más que decir, punto», habría dicho Rajoy, ahorrándose la humillación de tener que recordar en sus explicaciones su plaza de registrador en Santa Pola.
¿Y por qué Fraga salió indemne con tanta sencillez de un asunto sumamente turbio, también con apuntes contables de por medio, y sin embargo a Rajoy le espera un viacrucis que no se sabe si acabará o no en el Gólgota? Sencillo. Cuando estalló aquel escándalo, en el 2009, Fraga era ya un venerable senador que había abandonado todas sus responsabilidades en la Xunta y en el PPdeG. Y, sabiendo que ahí no había nada que morder, la oposición y la prensa trataron de pedir cuantas a Alberto Núñez Feijoo, que ya lideraba el partido. Y pincharon en hueso. ¿Y por qué pincharon? Porque, lejos de poner la mano en el fuego por lo que había hecho su antecesor, como ha hecho Rajoy con toda la etapa de José María Aznar, Feijoo dejó claro que él solo respondía de las cuentas del partido desde que él llegó a la dirección del PPdeG.
La clave
Y es ahí donde está la clave. El líder del PP no puede decir que él solo responde de las cuentas de Génova desde que él llegó a la dirección. Primero, porque él ha estado ahí siempre. Antes que Aznar, incluso. Y, sobre todo, porque las presuntas irregularidades siguieron con él a la cabeza y él mismo es uno de los señalados, sea o no cierta la acusación. Hubiera o no dinero negro de por medio, Rajoy sabía hace mucho que las aguas de la contabilidad del PP eran turbias. Y, siendo así, quizá debió apostar, tras perder en el 2004, por no arriesgar más y nombrar un heredero limpio de sospecha, en lugar de empeñarse en seguir. A mí, que me registren, podría haber dicho hoy ese sucesor. Ahora, Rajoy está abocado a hacer lo que no hizo entonces.
Por cierto, a Fraga le pregunté aquel día si había informado en 1999 a Rajoy y a Aznar de lo que ya se sabía sobre Pablo Crespo y Luis Bárcenas. «No me acuerdo», me contestó. Es decir, no lo negó.
Crónicas desde Madrid