La dispar acogida en cada autonomía de la reforma de la Administración deja por delante una ardua tarea de negociación al Gobierno
23 jun 2013 . Actualizado a las 07:00 h.La dispar acogida de la reforma de la Administración podría resumirse: «Que cambien cosas, pero que no toquen lo mío». Ya se ha instalado, por fin, la idea de que así no podíamos seguir, gastando más de lo que ingresábamos, duplicando carreteras, multiplicando universidades sin calidad ni salidas profesionales, construyendo aeropuertos sin aviones, entre otras aberraciones. Hay infraestructuras que nunca se usarán o, si acaso, servirán para otro fin. Ya sugirió con ingenio el expresidente valenciano Camps que la terminal de Castellón puede servir para que los ciudadanos paseen. Podría publicitarse como «la pista para patines más grande del mundo». Y para tal fin, como la más cara. Y todo a crédito.
Convencido de que hay que cortar gastos absurdos y proyectos insostenibles, gracias a la presión de Europa, el Gobierno se acerca un poco más al fuego: hay que reformar las Administraciones para suprimir duplicidades y acabar con organismos que apenas sirven. Se ha planteado con timidez y prudencia. Rajoy incluso dijo: «Es solo una propuesta, no es ideología; tan solo se busca eficacia». Desde Cataluña un diario tituló a cinco columnas: «Recentralización». Y desde otras autonomías se gritó: «Lo mío, intocable», incluidas algunas gobernadas por el PP.
La tarea es inmensa: convencer a cada autonomía de que quizás no necesite un Tribunal de Cuentas propio, de que más vale un buen aeropuerto que tres pequeños, de que son insostenibles cursos universitarios con más profesores que alumnos y, sobre todo, aceptar que se nos fue la mano al dimensionar las instituciones autonómicas. «Lo que pasa aquí es que las autonomías se creen Estado y los ayuntamientos se creen autonomías», comenta el presidente valenciano Alberto Fabra.
La palabra recentralizar puede resultar odiosa para algunos pero hay asuntos que necesitan recentralizarse por sentido común. Por ejemplo, la torre de Babel organizada por los Parlamentos autonómicos al fijar condiciones distintas para la instalación de empresas y distribuir en un mismo mercado. Reclamamos la conveniencia de un mercado único europeo mientras quebramos el español. Ya se conocen demasiados casos de empresas extranjeras que han optado por no invertir aquí como consecuencia de ese desbarajuste.
Poner orden, racionalizar gasto, recentralizar lo imprescindible, sanear cuentas, reducir deuda, es algo imposible sin voluntad política y buena comunicación. Puede ser cierto que el Gobierno solo da el paso porque obliga Europa. Pero si se escucha a la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, que ayer aleccionó a los dirigentes del PP, se aprecia su decisión y entusiasmo por la tarea. Condición imprescindible aunque no suficiente. Falta la segunda parte: contarlo bien, para convencer y no solo vencer. Con ministros comunicadores como Montoro, De Guindos, Wert y Soria (que instó a las autonomías a elegir «entre TV propia o alimentar a sus niños») la tarea parece imposible. Hay que contarlo bien y aliarse con la ciudadanía. Como suena. Los ciudadanos reciben la noticia de una reforma de las Administraciones con incredulidad, porque están escaldados, pero no con rechazo. El rechazo viene de los políticos, gobiernos y oposición. Así que cuéntenlo bien, alíense con quienes quieren soluciones realistas y quién sabe si la reforma prospera. Ojalá no quede en cosmética.