Se escandalizan los contertulios del bar de la aldea por la afición del rey a las clínicas privadas. «¿E logo non lle vale a Residencia, coma a nós?». Lo que nos choca es, en el fondo, la cara oculta de la campechanía del rey. La mitología de la transición lo revistió de un carácter tan popular que parece uno más, que debiera comportarse como tal. Pero no lo es: es el monarca, la cumbre de la aristocracia -el gobierno de los mejores-, el number one de nacimiento, el «todavía hay clases» encarnado. Y los reyes tienen médicos privados desde Galeno, el que da nombre a todos sus colegas, médico de Marco Aurelio. Tan privado era que los emperadores sucesivos lo heredaron. Mis paisanos hubieran preferido mantener la fábula de la igualdad y que el rey se sometiese al cuidado de nuestra magnífica sanidad pública, esa que pagamos todos. Pero la diferencia no es tan grande. Esta también la vamos a pagar entre todos.