Aunque cueste creerlo, hubo un tiempo en que un alcalde, Jesús Gil, sobornaba a periodistas y se jactaba de ello en público. O en el que los policías municipales secuestraban a prostitutas en las calles de Marbella, las introducían en un coche y las dejaban tiradas en Sevilla. Fui testigo de como uno de los ahora condenados, Pedro Román, entonces mano derecha de Gil, se vanagloriaba sin recato de métodos tan expeditivos. Como los empleados para saquear las arcas municipales. Hubo un tiempo en que todo esto era de dominio público, o al menos se intuía con claridad, pero todo el mundo, autoridades incluidas, preferían taparse las narices y mirar para otro lado. Y no solo eso, sino que los mismos que ahora han sido condenados, y otros muchos que los rodeaban y acompañaban, eran el espejo en el que se miraba buena parte, si no la mayoría, de la sociedad. Eran los tiempos del enriquecimiento rápido y fácil, en los que la ostentación era un signo de estatus y la frivolidad de la vida marbellí irradiaba un fulgor que degeneró en ceguera colectiva. Ya se sabe que ladrones hay en todas partes. Lo malo es cuando se les deja campar a sus anchas, se les ríen las gracias y, además, son tratados como héroes. De aquellos polvos vienen estos lodos. Porque la crisis actual se explica también por la subversión de valores de los años precedentes. Unos años en los que se podían asaltar ayuntamientos, campar en ellos como en un cortijo y saltarse las leyes a la torera. Se suponía que esos tiempos habían pasado, pero la levedad de las condenas es una invitación a su retorno. La sentencia es tardía y muy insuficiente. Tanto que en realidad es una tentación para los corruptos.