Cataluña y España saldrían perdiendo

Manuel Campo Vidal

ESPAÑA

Santi Vila, un consejero catalán distante de Mas
Santi Vila, un consejero catalán distante de Mas < / span>

Pujol quiso crear una monarquía catalana particular y testar sobre el único hijo político de sus siete vástagos, Oriol, hoy con problemas judiciales

06 oct 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

«Si Cataluña y España se separan, España será más pobre y Cataluña también». Esta opinión, cargada de lógica, pertenece al futbolista Gerard Piqué. Quienes le entrevistaban en la emisora RACC1 esperaban otra respuesta y por eso la opinión de Piqué no fue reproducida ni por el influyente periódico al que pertenece esa emisora ni por ningún otro en Barcelona y mucho menos en TV-3. «Existe una Cataluña silenciosa», como advierte Alicia Sánchez-Camacho, la presidenta de los populares, pero existe, además, una Cataluña silenciada, como se queja en privado Joan Herrera, líder de Iniciativa, que solo aparece en los medios públicos cuando coincide con la consigna independentista dominante.

Desde aquella opinión de Piqué hasta la nota discordante de un consejero de Artur Mas, que parece hablar desde el seny catalán (la sensatez, últimamente evaporada), han pasado algunos meses. Santi Vila, consejero de Territorio, exalcalde de Figueras, donde el sentimiento independentista es abrumador, defiende que «hay que serenarse porque solo puede ir a por todas aquel que no tiene nada que perder, y Cataluña sí tiene que perder después de sus mejores treinta años de historia, que han coincidido con los mejores de España». Santi Vila representa lo que algunos piensan desde la minoría de Convergencia, entre ellos, desde fuera, Miquel Roca Junyent, el hombre que por historia y por categoría de hombre de Estado debía suceder a Jordi Pujol. Pero Pujol tenía otros planes: había fundado en su imaginario una monarquía catalana particular y quería testar sobre el único hijo político de sus siete vástagos, Oriol, hoy con problemas judiciales. Como era demasiado joven, ideó la regencia de Artur Mas, como suele hacerse transitoriamente en las empresas familiares catalanas: dar el poder al gerente un tiempo hasta que crezca el heredero. Y Mas no estuvo a la altura cuando Pasqual Maragall desató el vendaval del nuevo Estatuto que hasta Pujol quería evitar. Se disparó Esquerra y Mas siguió la liebre. «El riesgo ahora es que Cataluña sea un nuevo estado fallido, como Kosovo», advirtió hace unos días Francesc Granell, director general honorario de la UE.

El debate catalán lo ha puesto en primer plano esta semana en Madrid la nueva presidenta de Andalucía, Susana Díaz. Mujer, 38 años, con tan pocos complejos como para cortar al moderador de un coloquio de élite en Madrid que le daba la palabra a Griñán y a Rubalcaba, presentes entre el público: «Perdone, pero la invitada soy yo». Arrancó un aplauso. Para Susana Díaz hubo tres problemas acumulados: Zapatero al decir a Maragall que «aceptaremos en Madrid el Estatuto como venga de Cataluña»; segundo, la campaña anticatalana desatada en España por el PP con su recogida de firmas contra el Estatuto, y, por último, la sentencia con sus recortes del Constitucional. «¿Podíamos esperar otra cosa después de todo eso?» se preguntó. Dejando claro que no está por el derecho a decidir la independencia, con Pere Navarro allí presente, la presidenta andaluza se mostró federalista y dialogante: «Todo es posible debatirlo, una vez asegurada la igualdad de los españoles, sean de donde sean. Pero si esto se resuelve mal, en vez de un problema, Cataluña, tendremos dos: Cataluña y Andalucía.»

Por fortuna, entre el independentismo y el inmovilismo, ha surgido una tercera vía impulsada por Duran. Ya ha conseguido que se sume a ella el PSC de Pere Navarro, pero ni Mas ni Rajoy la consideran en serio. Quizás a los dos ya les va bien la tensión actual. Durán como todo negociador corre el riesgo del martirio. Pero acaso encuentre por fin su papel histórico: poner paz entre Cataluña y España. Aunque lo despedacen.