La décima no fue suficiente

Antón Bruquetas

EXTRA VOZ

GERARD JULIEN

El presidente del Madrid, Florentino Pérez, contrató a un pacificador para arreglar la fractura entre la plantilla y el cuerpo técnico de Mourinho, pero su exquisita educación con la prensa y su trato fraternal con los jugadores acabaron con el entrenador que devolvió al conjunto blanco su dominio europeo

31 may 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

La tensión entre la plantilla y el cuerpo técnico se volvió insostenible cuando Mourinho empezó a cuestionar a la que había sido hasta entonces su guardia pretoriana: Pepe, y Cristiano Ronaldo. Al entrenador que estaba a punto de perder la Liga y se había quedado fuera de la Champions, solo le quedaba el apoyo de Xabi Alonso y Arbeloa. Con la afición tan fracturada como el vestuario, el expediente Casillas en efervescencia, a Florentino le aconsejaron que debía acordar con el técnico de Setúbal su marcha del Real Madrid. Dicen quienes conocen el entorno próximo del presidente blanco que lo hizo «muy a su pesar», y que aquella rueda de prensa donde respondió al adiós prematuro del hombre que le iba a devolver la gloria europea a las vitrinas del Santiago Bernabéu fue de las más agrias de todas a las que se ha tenido que enfrentar. Le dolía de corazón, porque, a fin de cuentas, para él, como para una parte de la grada, Mou era el que había conseguido echar a Guardiola del Barcelona. 

Recurrió entonces a un perfil de entrenador de club, con sobrada experiencia internacional ?no en vano, ya había triunfado en Italia y en Inglaterra? y con grandes dotes para apaciguar a una constelación de estrellas algo revuelta. Así acabó Carlo Ancelotti (Reggiolo, Italia, 1959) en el Real Madrid. «Al contratar a Carlo he cumplido un sueño», dijo Florentino, con esa mentira piadosa que se utiliza a menudo para dar una bienvenida cordial al recién llegado o para despedirse de los muertos, en esos prólogos y obituarios casi siempre se omiten los detalles menos beneficiosos para el protagonista. Su aterrizaje tuvo consecuencias previsibles. En efecto, Ancelotti era el hombre que decían, Pronto entabló diálogo con los futbolistas, normalizó las relaciones con la prensa y en vez de multiplicar los problemas se dedicó a solucionarlos. Afinó su mano izquierda con Casillas y cubrió con malabarismos los cráteres que había dejado una deficiente planificación deportiva y mantener en el campo a los tres figuras que desde los despachos se encargaron de colgarles la etiqueta de insustituible. Para ello, reconvirtió a Di María. Lo transformó en un futbolista total. Capaz de recuperar un balón en el balcón del área propia como de asistir después de una carrera de vértigo de cincuenta metros. 

Sorprendentemente, aquel Madrid despojado de los malos modos le ganó la Copa del Rey al Barcelona y conquistó la décima Champions. Ni siquiera ese preciado botín, que Mourinho ni tan siquiera llegó a olfatear, sirvió para ganarse el reconocimiento del presidente. Para Florentino, Ancelotti ganó en Lisboa porque con la plantilla que tenía era lo más lógico. En Concha Espina nunca gustó ese trato tan cercano del italiano con la plantilla. Una relación que no hizo más que incrementarse durante su segundo año, en el que el Madrid levantó el Mundial de Clubes y la Supercopa de Europa. En las oficinas del Bernabéu lo que piensan es que la mano que se debe afinar no es la izquierda, sino la derecha. Ahora todo apunta a que viene Benítez. Pero, digan lo que digan, el hueco de Ancelotti será difícil de llenar.