¿Cómo se restaura un bien patrimonial?

EXTRA VOZ

SANDRA ALONSO

Mantener el equilibrio es difícil. La rehabilitación debe integrar lo viejo y lo nuevo, adaptarse a los usos y mantener la autenticidad e integridad. A veces hay polémica. Lo mejor es explicar a la población qué se va a hacer para que se implique

15 nov 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Un día, los vecinos de Fisterra fueron a misa. Y se encontraron con que parte de su iglesia había sido pintada de color aguamarina. No les gustó. Y saltó la polémica. Saltó meses después de que los vecinos de Muxía desenterrasen el hacha de guerra por los trabajos de restauración del templo de A Virxe da Barca tras un trágico incendio que se llevó por delante una iglesia que protegieron con uñas y dientes. Un símbolo de su identidad. Son solo dos casos, los últimos, de rehabilitaciones que han prendido la mecha entre los depositarios más cercanos de un bien patrimonial. La cuestión es, si se ha hecho algo mal, ¿qué es lo que se ha hecho mal? «Una de las claves es conseguir la complicidad de la población que convive con el bien». Lo dice un reconocido experto en lo que a restauración y conservación se refiere, el decano de la Facultade de Xeografía e Historia de la Universidade de Santiago Juan Manuel Monterroso. Coincide en esto con Soledad Felloza, que insiste en que lo peligroso en este tipo de actuaciones es que los vecinos vean pasar a técnicos sin saber muy bien qué hacen «alá arriba» mientras la aldea o la villa permanece a la expectativa de los resultados de esas idas y venidas, sin recibir explicación alguna. «Se lles explicas por exemplo que hai que cortar cinco árbores porque iso pode afectar, pois ao mellor córtaas o propio veciño. Se vas e as cortas sin dicir nada vai haber un problema», explica. Y añade que si una población sabe que tiene «uns hórreos excepcionais» no los va a tirar, sino que los conservará y los defenderá. Como en todo, la solución es la comunicación.

En realidad, existen criterios fundamentales a la hora de rehabilitar un edificio, una escultura, un cuadro o un cruceiro que se adaptan a las circunstancias de cada bien. Marcados desde hace años, los principios básicos que rigen la restauración pasan por respetar la autenticidad y la integridad, adaptarse a las funciones y al uso y lo más delicado: mantener un equilibrio entre lo antiguo y lo moderno, entre lo viejo y lo nuevo, «que es donde casi siempre topamos con el problema», adelanta Monterroso.

Lo ideal es ser capaces de diferenciar lo viejo y lo nuevo en lo particular pero que se mimetice en lo general. Es la conocida como teoría de las lagunas y se aplica a todo. Como por ejemplo a un cuadro. «Si te falta una parte de un cuadro, lo ideal es que para que sea legible desde un punto de vista general se vea como una unidad pero cuando te acercas te des cuenta de lo que es original y lo que no lo es. Lo que es viejo de lo que es nuevo».

Y lo que levantó la polémica en Santa María das Areas fue precisamente ese tercer puntal. «Aquí también entra en juego un criterio estético y de gusto», aclara el decano de Historia de la USC. «Los paramentos en mampostería de las iglesias estaban siempre lucidos, esa es la norma», aclara. Es decir, se encalaban y se pintaban. Un punto que también deja claro César Portela, el arquitecto encargado de la rehabilitación de la iglesia. «Los análisis demostraron que la iglesia estuvo pintada de ocho colores diferentes» y coincide con Monterroso en señalar que lo habitual era pintarlas «no por capricho, sino porque protegía la piedra, la hacía más confortable y protegía  de humedades de condensación, de hongos y de la salitre», que hace que la piedra, con el tiempo, se vaya desmenuzando.

La revisión pormenorizada del monumento, puesta negro sobre blanco en el estudio previo a la restauración, reveló que «la iglesia estuvo pintada en su totalidad» y eso lo demuestran los restos de policromía en los elementos tallados, los restos de una pintura mural en la capilla del Cristo, los restos de enlucidos y pintura tras el retablo de la capilla del Carmen o los restos de diferentes tipo de pintura (cal, pintura plástica) en otros paramentos del edificio. De hecho, existen restos de color tanto en la fábrica medieval como en los tramos de épocas posteriores, lo que cimenta la decisión de optar por volver a lucir la mampostería de la basílica.

La pintura, posteriormente, se eliminó «en distintos momentos» y seguramente «atendiendo a motivos diferentes». Además del uso de medios mecánicos, lo más probable es que se aplicasen «ácidos o bases fuertes» para el lavado de la piedra. Y el uso de esos blanqueantes, «que no han sido lavados concienzudamente con agua limpia tras su uso, han introducido agentes de deterioro que favorecen los procesos de disgregación de la piedra», según aclara el informe previo a la intervención en Fisterra.

Con el tiempo, los muros lucidos «se han descarnado, lo cual ha hecho que la piedra aparezca y que la piedra no sea la parte noble», explica el decano de la USC. Por eso, si uno quiere recuperar la antigua fisonomía, «tengas que volver a lucirlos, es el proceso». Y ese fue el proceso que utilizó Portela: «Usamos un color un poco alegre» y el aguamarina viene dado «por el color del mar en Fisterra, ese verde azulado. Un color claro pero luminoso». No convenció.

«Casi siempre que se han producido este tipo de polémicas, al final el problema viene de que no ha habido una buena comunicación entre el agente que interviene en la obra y el usuario de la obra, es decir, el parroquiano», insiste Monterroso. ¿Solución? Explicaciones previas, que forman parte de esa «labor de concienciación», de explicar el motivo y por qué se hacen las cosas. «para que no parezca que es un capricho puntual». 

No es cuestión de formación, de que la gente tenga unos conocimientos sobre los criterios que se siguen a la hora de recuperar un bien patrimonial, «sino dar información». Porque una de las claves de cualquier intervención es implicar a los que cada día conviven por el bien. «El punto de toma de conciencia patrimonial pasa por esa explicación previa».

Queda claro que lo habitual era encalar los muros. ¿El color es el adecuado? «Lo habitual era el blanco» ?aunque en este caso los análisis revelaron diferentes policromías? pero ahí entra en juego la «elección crítica».  Cuando alguien interviene en una obra «está el compromiso entre mantener la obra tal cual es o tal cual te ha llegado o si en la intervención se decide hacer una aportación diferente a la preexistente que enriquezca mejor la lectura del edificio». Es el dilema en el que se encuentra el arquitecto o la persona que va a realizar la restauración, afirma Monterroso.  «Creo que es lo que ha ocurrido en este caso, que ha habido una decantación hacia el color aguamarina», aunque es cierto «que si hubiese quedado blanco a lo mejor la gente también hubiese protestado». El problema, en este caso, es reversible. «Lo que hoy ha gustado mañana puede disgustar y se puede cambiar».

A Barca, caso distinto

Otra cosa ha sido la restauración del templo de A Barca. Aquí, los técnicos y los arquitectos no se encontraron con deficiencias que han ido amontonándose con el paso de los años y que es posible solventar para regresar, hasta donde sea posible, a su aspecto inicial. Un incendio arrasó todo cuanto había en la iglesia. «El problema es mucho más complejo porque se trata de la destrucción de parte de un bien por completo» y no se puede volver a generar. Porque de reconstruir el retablo mayor barroco, «cosa que se podría hacer» se estaría incurriendo en un falso histórico. Lo que se pierde, se pierde para siempre. La historia deja de existir. «El otro gran reto que tiene el patrimonio es qué ocurre con aquello que se pierde de forma irremediable», una cuestión «muy difícil de solventar».

Existen casos en los que se ha optado por ir a ese falso histórico, a esa reconstrucción de algo que se había perdido para siempre. «Ahí entran otros factores de carácter sociohistórico y sociocultural que pueden determinar que en un momento dado  hagas un falso histórico», pero Monterroso alerta: tienen que ser cuestiones muy importantes. Excepciones. «Estoy pensando por ejemplo en el puente de Mostar». La guerra de los Balcanes se lo llevó por delante. Se convirtió en un símbolo del horror, de la crueldad que el ser humano todavía era capaz de albergar en la década de los 90. «Se construyó otro puente tal cual aquel». Claro que las razones iban más allá de la cuestión patrimonial. «Había una cuestión identitaria, de restañar heridas, de olvidar qué propicia justamente esa intervención». Una fuerza mayor. Quizá habría que tener en cuenta hasta qué punto esa fuerza mayor también aparecía en el caso de A Virxe da Barca, porque es un bien «al que la población se une íntimamente». Y se demostró tras la rehabilitación. Un pueblo entero puso el grito en el cielo ante la intervención. 

El ecce homo de Lugo

Otras veces, la voluntad, la buena fe y el abandono de un bien llevan a restauraciones, cuando menos, peligrosas. Hace poco más de un año, la iglesia de San Xoán de Alto, en Lugo, reestrenó retablo. Dos vecinos habían decidido restaurarlo. Y lo pintaron de vivos colores. El resultado fue duramente criticado por el obispado de Lugo y el trabajo llegó a compararse con aquel Ecce Homo de Borja que tanta fama le dio a la población aragonesa. «Lamentablemente, de esos hay bastantes». Y de nuevo, la necesidad de información vuelve a hacer acto de presencia. «En un retablo que se interviene de esa forma es muy probable que la capa pictórica ya no se pueda recuperar», sentencia Monterroso, «con lo cual el retablo ha quedado dañado y ha perdido toda su integridad y buena parte de su autenticidad». Pesó la buena voluntad en este caso, pero esa buena voluntad debería haber estado supervisada «por unos técnicos que decidiesen si la intervención era correcta o no y cómo se debería hacer». 

Porque la rehabilitación no significa dejar como nueva o exactamente igual que cuando se realizó una escultura, un retablo o una pintura «las huellas del paso del tiempo tiene que quedar porque son parte de la historia del bien y eso tiene que permanecer». La rehabilitación trata de mantener el bien, «igual de conservado que tendría que estar pero con las huellas que ha dejado paso del tiempo» y repintarlo completamente es «destruir, es suprimir esas huellas». 

Conclusión: los proyectos de intervención deben de ser discutidos, madurados. Cada bien es un mundo y un caso individual y las experiencias previas sirven como modelo, no para aplicar al pie de la letra. No son matemáticas.  «Lo que hayas hecho en el monumento A no sirve para el B aunque sea igual». No se puede llegar a todo. Hay que tomar el patrimonio en su debida escala. La Administración autonómica no debe ser la única implicada en la conservación de la historia de Galicia. Y no se trata solo de rédito económico y turístico. Se trata de cómo se define la sociedad que se reconoce en es bien.