Quintanilla solía decir que las primeras elecciones democráticas las ganó la memoria de su padre, aquel largocaballerista del ala izquierda del PSOE local. Pero que en las siguientes, que también ganó, «algo tendría que ver yo». La verdad es que le tocó torear el gobierno de una ciudad que, a partir de 1979, estaba en bancarrota, con una reconversión naval que lo paralizaba todo y la amenaza de golpista. Por eso sorprende verlo tan alegre en las fotos, mediados los años 80, inaugurando aquel célebre monumento al hígado: durante una charla sobre enfermedades hepáticas en Balón, el auditorio le tomó la palabra cuando dijo que había que erigir un monumento a «ese esforzado órgano», como lo llamó Pablo Neruda. La alcaldía le cogió ya con 60 años y por eso, hasta el 1987 que la dejó, se quejó de no haber entrado antes en política. Había dedicado toda su vida a la medicina y a la ciencia y le encontraba ahora gusto a la cosa pública. A pesar de los grandes sinsabores como cuando llegó a la Moncloa, a protestar por el duro ajuste de Astano: Alfonso Guerra literalmente no lo recibió. El momento era difícil para todos. Con la distancia del tiempo, el balance de aquellos años da para más que un aprobado. Entregó el prestigio de su saga a la izquierda y trató -y lo consiguió- ser un alcalde nuevo, equilibrado a pesar de la imposibilidad de atender la marea de peticiones que llegaba a su mesa. Ni había dinero ni capacidad para arreglarlo todo. Por tanto, don Jaime tragó la amargura de la frustración, siguió adelante y supo equilibrar la balanza de aquella sopa de letras del mundo político que sucedía a la dictadura. La vida le traería un estacazo inesperado, ya al final del camino, la muerte de su hijo Jaime. Se invertía la lógica vital y por eso aquel hombre que parecía escéptico nunca se repuso del embate. Ahora descansan juntos.