Tradiciones frustradas

Francisco Varela FERROL

FERROL

Análisis | Bienes peculiares en busca de destino

29 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

?a tradición de montes comunales del Ortegal ha sufrido numerosos golpes en cuya historia se encuentra, quizás, explicación al actual estado de cosas. El cambio de usos y la paulatina privatización de las costumbres germánicas, a comienzos del siglo XX, y la posterior emigración a América dejaron estas grandes extensiones de Cedeira, Cariño, Ortigueira y Mañón un poco olvidadas. Tras la Guerra Civil se produjo otro golpe bajo: el país necesitaba madera tras el Plan de Estabilización de los años 50 y al Estado (fascista, no ha de olvidarse) no se le ocurrió otro método que decretar la reforestación de todos estos montes. Para darle forma legal se establecieron consorcios entre cada ayuntamiento y la Administración estatal. De manera que si la alcaldía firmaba su conformidad con la masiva plantación de árboles (entonces, pinos) se entendía que la comunidad vecinal también lo aceptaba. En realidad no era así entre otras cosas porque las alcaldías no eran democráticas. En las subastas de madera organizadas con métodos parecidos está el origen de algunas fortunas actuales, pero esa es otra historia. Hace pocas semanas hemos visto como una colectividad vecinal de Serra da Faladoira (Ortigueira) recordaba los tiempos en que las plantaciones se hacían con la Guardia Civil por delante. ¿Cómo iba a proteger el monte ese paisano al que pisoteaban sus derechos? Así fue que las parroquias dejaron de ir a apagar los montes cuando a la reforestación siguió la ola de incendios de los años 70. Por si aquella experiencia no fuese suficiente ahora llegan los parques eólicos con manejos más sibilinos pero igualmente usurpadores en algunas ocasiones. Añádase que el monte, a pesar del mito, carece de prestigio. El trabajador forestal, por ejemplo, es el último de la fila en la escala social a diferencia de lo que ocurre en grandes regiones boscosas como Oregón donde el talador o motoserrista goza de gran simpatía en el pueblo donde vive. Por eso cuando en 1989, restaurada la democracia, llegó la Lei de Montes Veciñais de Galicia, que restituía antiguos derechos a cientos de comunidades vecinales, muchos se encontraron con que no sabían qué hacer. Pues si no lo saben ellos, los listos de ahora sí sabrán volver a sacarle jugo a sus montes.