Testimonio | Julia Redondo, paciente Vive desde hace cuatro años pendiente de un trasplante de riñón, duerme cada noche conectada a una máquina que le limpia la sangre y está en busca de un trabajo a media jornada
20 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.Julia Redondo espera desde hace cuatro años una llamada semejante a la que recibió el pasado mes de mayo, cuando la oficina de trasplantes le dijo que tenían un riñón para ella. Todo iba bien, pero cuando ya había pasado el preoperatorio le dieron una mala noticia: el órgano estaba dañado y hubo que parar la intervención. «Tuve mala suerte», dice sin resignarse. Y es que Julia no se achica: pelea. Tiene dos hijos, una emancipada y otro en plena edad del pavo, y eso te obliga a «integrar el problema en tu vida y seguir». Todos las noches, mientras duerme, se conecta a una máquina de diálisis peritoneal durante siete horas. El proceso le ocupa más tiempo que la hemodiálisis, que sólo precisa dos sesiones de cuatro horas cada dos días pero «físicamente es mucho más agotadora». Pero no es fácil, ya que el cuerpo se resiente por la falta de funcionamiento de los riñones. «Te sientes como si los demás llevasen pilas alcalinas mientras que las tuyas parecen de un bazar cutre», explica. Rechazos laborales Aún sin alcalinas, Julia no para. Cuida de sus hijos, se aplica la diálisis en casa ella misma, ayuda a personas sin vivienda fija y está buscando trabajo. Afirma que «puedo trabajar como cualquiera durante media jornada, sin problema», pero la última vez que la entrevistaron se echaron atrás al saber que estaba pendiente de un trasplante, «y eso que la Seguridad Social beneficia mucho a las empresas que nos contratan...». También enseña a otras personas en su situación que comienzan a hacer diálisis a domicilio. Su temor, que también comparte con ellos, es la posibilidad de sufrir una peritonitis. Tendrían que llevarla al Canalejo para poder tratarla, ya que el Marcide no dispone de un servicio de Nefrología, un trayecto que «puede acabar siendo demasiado largo». La situación ha sido denunciada repetidas veces por la asociación Alcer, que considera primordial la apertura del citado servicio en Ferrol. La Seguridad Social entregó a Julia «todo lo necesario» para someterse a la diálisis en casa. La otra opción sería trasladarse «todos los días hasta A Coruña» para tratarse, algo imposible desde el punto de vista económico. La pensión que reciben los enfermos es exigua, de mucho menos de 500 euros, y las empresas «te tratan como a un número y te despiden en cuanto saben que estás enferma». La ley se cambió recientemente, pero hasta entonces «teníamos prohibido trabajar si percibíamos la pensión». Lógicamente, esa limitación «forzaba a muchos enfermos a trabajar en negro». Está claro que nadie puede mantener a una familia con una pensión de mínimos.