Marlango y su lideresa casi llenaron el Jofre hasta el tope con su actitud algo reconcentrada y una actuación más que buena
02 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.¿Es interesante Leonor Watling? Fijo. Pero ella debe creer que no lo es, y se lo hace un poquito. O quizá es tan intensa como aparenta y nos enfrentamos a una versión de Nick Cave a la madrileña. Lo que sea. El Jofre se llenó para verla cantar. Más de 500 espectadores variopintos: muchos jóvenes, bastantes mayores, las escasas, pero inevitables, señoras de la laca; las menos típicas en el teatro ferrolano, pero ayer muy numerosas, gafas de intensa pasta negra; y hasta un ex alcalde y una flamante vicesecretaria xeral del Servicio Galego de Saúde.
¿Iría toda esa gente a ver a alguien que no es interesante? Seguro que no, pero venga de hacérselo. Fue difícil verle la cara, por no hablar de los ojos, a Leonor Watling. Las luces los dejaron ocultos entre neblinas. Los músicos, muy buenos en la ejecución, también quedaron sumidos en las tinieblas. La comunicación con el público fue modesta, aunque sentida y aplaudida.
En las partes instrumentales largas, Watling se refugia entre sus músicos. Lo tiene fácil. Los instrumentos más aparatosos, la batería y el piano, ocupan la primera línea y ayudan, como los otros elementos, a distanciar a los espectadores de la estrella.
No es casual. Leonor Watling y todo lo que rodea su espectáculo trata de hacerse oír antes que dejarse ver. Quizá sea por temor a que se la encuadre en el temible grupo de las actrices-cantante y viceversa. Una especie que llenaría las páginas de la hipotética Historia universal del bodrio . Tan solo recuerden las películas de Madonna.
En concierto, mejor que bien
Ahora, la equiparación no es justa en absoluto. La estadounidense reina del pop resulta una bufona como actriz, pero en cambio Watling se defiende más que bien en concierto. Los músicos, está dicho, son muy buenos. El sonido, al menos en el Jofre, fue limpio. Tiene la voz bonita y, aunque algunos dirán que le hacen las canciones a medida, las sabe cantar de sobra.
Otros criticarán que son muy parecidas, tanto que si se enlazasen unas con otras se formaría un conjunto bastante armónico, sin duda. Pero no parece justo considerar esa característica un defecto. Es más, para muchos asistentes fue todo lo contrario, una virtud. ¿Quién podría rechazar plato tras plato de un manjar que le gusta?
El conjunto causa agrado. Es atractivo y resulta difícil pensar que si un despistado entrase en uno de sus conciertos sin conocer el tinglado se fuese a marchar sin más. Es muy probable que se quedase hasta el final y aplaudiese convencido, aunque solo fuese por la indudable limpieza de la interpretación, la calidad del sonido y la sensación de profesionalismo que emanó de la escena del teatro Jofre. El estilo no es problema. Ella misma afirma que no es amiga de etiquetas y que los discos les salen paso a paso, sin intencionalidades. ¿Qué es? ¿Una fusión Jazz? ¿Pop alternativo (en esa categoría les dieron un premio)? Es una música difícil de etiquetar, e intentarlo suena a ejercicio estéril. ¿Qué más da cómo se llame si suena bien?
Por todos esos motivos resulta artificiosa tanta intensidad. No le hace falta, pero ahí está siempre presente. Incluso su pose en el escenario resulta a veces extrañamente forzada, con los hombros alzados y la espalda tensa, casi agazapada sobre el micrófono. Y la actitud de ella y la banda, siempre un poco distante, lejana y a veces incluso ensimismada, autista. Pero seguro que muchos fans encuentran atractiva esa postura, interesante. Y quizá tienen razón. Se puede ser intenso, incluso demasiado intenso, y subir al escenario. Lo que no se puede hacer es tocar mala música, y en eso Marlango no cae.