Las palabras de Touriño son perfectamente clarificadoras. La operación de venta de Fenosa le venía grande a Galicia. Dicho de forma más cruda, Galicia es demasiado pequeña, demográfica, geográfica y económicamente, como para impedir que deje de ser gallega una empresa que vive y se enriquece con los recursos naturales de aquí. Lamentablemente es así. El galleguismo es un sentimiento que no le incumbe al dinero.
Es cierto que hay empresarios con gran capacidad y fortunas enormes a las que se podría haber pedido una mayor implicación en la defensa de la galleguidad de la compañía que, a principios del siglo pasado, encarnó las esperanzas de progreso para un pueblo que entonces emigraba a borbotones, y que después siguió haciéndolo. No quisieron o no pudieron. La desnaturalización de la vieja Fenosa comenzó en realidad hace un cuarto de siglo con la fusión de la eléctrica gallega y Unión Madrileña. Pero sería la entrada de Florentino Pérez la que acabó por convertir a los accionistas gallegos en una especie de suvenir sobre la mesa del consejo de administración.
Desengañémonos. Fenosa no es gallega. Y quizás ya ni sea Fenosa. Desde hace años pagaba sus impuestos en Madrid y pronto lo hará en Barcelona. Aunque los consejeros deberán las stock options que cobren a los ríos gallegos emparedados con embalses y pantanos, a los montes sembrados de aerogeneradores y a algunas centrales térmicas que nos ensucian el aire. La operación de Gas Natural con ACS nos devuelve a la realidad. Aquí hay recursos naturales, talento personal y algunos negocios punteros, pero nos falta lo principal. El país carece del músculo necesario para resistir las embestidas del dinero sin fronteras. Algo no va bien cuando nos sigue tocando poner los recursos y los efectos perniciosos de su explotación para que otros se repartan el botín.