Una atleta de oro, una leyenda

FERROL

Sigue corriendo, pero anuncia que la alta competición, para ella, ya solo será un recuerdo: «No quiero vivir -dice Rocío- pendiente de un cronómetro siempre»

04 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Es tan joven aún que bien puede decirse que la vida toda, una vida entera, está aguardando por ella. Sin embargo, hoy tiene la sensación de que el tiempo, a imitación suya, ha corrido tanto, que se le empiezan a borrar los recuerdos. Rocío Rodríguez, una de las mejores mediofondistas del atletismo español, la deportista ferrolana que les plantó cara a las mejores corredoras de los cinco continentes, y que llegó a cruzar la meta en séptimo lugar, con el podio casi al alcance de la mano, en un campeonato del mundo, acaba de dejar la alta competición. Sigue corriendo, pero de otra manera. «No quiero vivir pendiente de un cronómetro siempre. Lo que más me importa ahora -cuenta- es ser feliz, y sobre todo tratar de hacer felices a los que me rodean, a los que me quieren». Bien sabe ella -a lo mejor ya empezó a darse cuenta la primera vez que no ganó como hacía siempre- que el atletismo, en contra de lo que por lo general se cree, es un deporte poco dado a rendir tributo a los que ya vivieron su mejor momento. A diferencia de los grandes deportes colectivos, como el fútbol, en el que miles y miles de aficionados repiten con devoción, casi hasta el éxtasis, el nombre de jugadores a los que jamás vieron sobre el césped, los atletas raramente son recordados, más allá del estrechísimo círculo de los que valoran su esfuerzo.

«No me importa nada»

«Pero a mí eso, a estas alturas, no me importa nada de nada, ¿sabes? -dice Rocío-. Porque cuando las cosas van mal, cuando ya no ganas como lo hacías antes, cuando los que antes no hacían otra cosa que darte palmadas van desapareciendo, es cuando realmente valoras lo que tienes. Mientras llegas a la meta la primera, todos son amigos. Después, ¿qué te voy a contar, que tú no sepas? Del nombre de los atletas, alguna gente se olvida enseguida. Pero me da igual, de verdad. Lo que yo quiero ahora ya no tiene nada que ver con todo eso». Quizás se pregunten ustedes cuántos años tiene Rocío ahora. Pues tiene 32, ¿saben?. Y uno, particularmente -disculpen el inciso-, después de haber visto a tantos atletas, entre ellos a algunos de los que cambiaron el atletismo para siempre, está plenamente convencido de que Rocío no solo podría volver a competir al nivel que lo hizo en el pasado, sino que todavía está lejos de los límites de su rendimiento.

Pero ella ha decidido tomar un camino distinto. Y cuando un atleta toma una decisión como esa, es muy difícil hacerle cambiar de idea. Les sorprendería saber qué dadas son a rebelarse las piernas en cuanto los 100 kilómetros (a veces 150, sobre todo en invierno...) de entrenamiento semanal, necesariamente muy intenso, se van reduciendo primero a la mitad, y después todavía a menos. Qué rápidamente el cuerpo se convierte en el de una persona diferente. Cómo descubres en el espejo a quien realmente eras. Y cómo la mente empieza a llegar a la conclusión de que, en realidad, no paga la pena vivir con la lengua de fuera.

Ella, que por cierto es más joven que la laureadísima Marta Domínguez, asegura que no volverá nunca al atletismo de élite. Que «la decisión está tomada». Pero, en cualquier caso, es posible que no tarde demasiado en comprender que, si quisiese, podría hacerlo; que eso, como todo cuanto verdaderamente atañe a su vida, solo de ella depende. «Mira -cuenta Rocío-, me he pasado años enteros con el cronómetro amarrado a la muñeca. A veces no me lo quitaba ni para dormir. Y yo soy muy competitiva, siempre me gusta hacer las cosas lo mejor que puedo. Por eso a veces lo he pasado tan mal. ¿Decepcionada...? ¿Con la gente, dices...? No. Te aseguro que no, puedes creerme. La gente que te decepciona es la que no vale la pena, así que me da igual, de verdad».

Cuando la vi correr por vez primera era una niña. Ya entonces se le veía claramente que llevaba dentro de sí lo que hace que un campeón lo sea. Algo que, en el caso de los mediofondistas (de los que corren las más duras disciplinas del atletismo, aquellas en las que cuando acabas de empezar ya te estás preguntando por qué no estarás lejos, tumbado sobre la hierba), no tiene nada que ver ni con el ácido láctico ni con el consumo de oxígeno ni con ninguna de esas cosas de las que habla la ciencia; sino con la determinación, que vive en el alma y en la cabeza.

Bastantes años después, cuando ya era una de las mejores atletas del mundo, le hice una entrevista en la que quedamos en no hablar de deporte. Me contó, aquel día, que su escritor preferido era Stephen King, que le gustaba la música de Gloria Stefan, que su película de cabecera era Novia a la fuga y que siempre que podía buscaba unos minutos para caminar descalza por la arena.

También me dijo que le horrorizaba «ver a niños en la calle pidiendo limosna», y encontrarse, en cualquier momento, «con que, cuando alguien no tiene nada y anda por la calle para pedir una moneda, hay quien lo mira con cara de asco». Hoy sigue siendo la Rocío de siempre. Con un corazón demasiado grande para lo que la vida exige a veces. No quiere dejar de correr del todo, «pero pruebas populares, disfrutar por fin un poco de eso». Le preguntas cuántas veces fue campeona de España, y te contesta, como pidiendo perdón, que ya no se acuerda.